“¿Qué tipo de mundo necesita que vivamos cansados para funcionar?“, científico explicó por qué vivir cansado se percibe como un mérito, es la norma y quien se beneficia de eso
El agotamiento constante ya no es solo físico: la moral del esfuerzo transforma el cansancio en prueba de valor personal y oculta desigualdades estructurales en el trabajo y la vida cotidiana.

CUIDAD DE MÉXICO.- Vivir cansados dejó de ser una señal de alerta y pasó a entenderse como una condición normal de la vida adulta. Estar agotados ya no se percibe como un límite físico o mental, sino como una prueba de compromiso, responsabilidad y valor personal.
Esta reflexión es el eje central del videoensayo “La ESTAFA moral de la MERITOCRACIA | Trabajo, esfuerzo y cansancio”, publicado por el canal Café Kyoto en YouTube, un espacio independiente de divulgación en ciencias sociales que se financia con aportes de su comunidad y publicidad de la plataforma. La producción pertenece a BiNC TV y está dirigida por Juan Felipe Salguero, según se explica en el propio canal.
El análisis propone una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué tipo de sociedad necesita que estemos siempre cansados para poder funcionar?

¿Qué es el cansancio normalizado y por qué ya no se cuestiona?
El cansancio que describe Café Kyoto no aparece de forma repentina. No es el agotamiento posterior a un esfuerzo puntual ni se resuelve con dormir más o tomarse unos días libres. Es un cansancio persistente, que se instala en el cuerpo y en la mente, y que acompaña la rutina diaria.
De acuerdo con el análisis del video, este agotamiento se volvió aceptable porque dejó de interpretarse como un límite. Hoy, no estar cansado genera sospecha. Aparecen preguntas internas como: “¿por qué no me alcanza?” o “¿en qué momento dejé de esforzarme?”. En ese punto, entra en escena la culpa, no como una emoción pasajera, sino como una forma constante de relacionarse con uno mismo.
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Cuando el esfuerzo deja de ser un medio y se vuelve una virtud
Uno de los ejes centrales del ensayo es la transformación del esfuerzo en un valor moral autónomo. Ya no importa tanto para qué se trabaja, qué se produce o a quién beneficia ese trabajo. Lo que se valora es cuánto cansa, cuánto duele y cuánto se sacrifica una persona en el proceso.
Según se explica en el video, cuando el esfuerzo se convierte en virtud, el cansancio deja de ser un problema colectivo o político y pasa a leerse como una falla individual. En lugar de cuestionar la organización del trabajo, las condiciones laborales o la distribución del tiempo, el foco se desplaza hacia la actitud personal, la disciplina y la voluntad.

La privatización del cansancio: cada quien carga con el suyo
Este cambio tiene una consecuencia clara: el cansancio se privatiza. Cada persona aprende a gestionar su agotamiento en silencio, convencida de que debería poder rendir más si se organizara mejor. El problema deja de ser estructural y se transforma en íntimo.
El video señala que esta lógica desplaza el debate desde lo colectivo hacia lo individual. Ya no se habla de desigualdad, sino de mérito. Ya no se discuten derechos, sino hábitos. Así, la moral del esfuerzo permite que la injusticia conviva con normalidad, porque todo parece depender de cuánto se esfuerce cada quien.
Trabajo y valor personal: cuando producir se vuelve identidad
Otro punto clave del análisis es que hoy no se trabaja solo para obtener ingresos. Se trabaja para producir una imagen moral de uno mismo. El trabajo se convierte en una forma de demostrar dignidad, compromiso y valor personal.
En este contexto, no basta con cumplir. Hay que demostrar que costó. Frases como “estoy a full”, “no paro” o “no doy más” funcionan como credenciales sociales. No siempre se dicen para quejarse, sino también para confirmar que se está haciendo lo correcto.
Cuando el trabajo se vuelve identidad, fracasar ya no significa perder un empleo o un ingreso. Significa fallar como persona.

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La ética del rendimiento y la autoexplotación voluntaria
El ensayo retoma ideas de autores como Max Weber, Byung-Chul Han, Michel Foucault y Walter Benjamin para explicar cómo esta moral evolucionó. Ya no se trata solo de obedecer reglas externas, sino de autoexigirse de manera constante.
La coerción no desaparece, se interioriza. El individuo se convierte en “empresario de sí mismo” y se autoexplota con la sensación de estar eligiendo libremente. La consigna deja de ser “tienes que” y se transforma en “puedes”. Pero ese “puedes” implica que, si no lo logras, la responsabilidad es solo tuya.
¿Por qué la meritocracia desactiva el conflicto social?
Uno de los efectos más profundos de la moral del esfuerzo es su función política. Al explicar todo en términos de voluntad individual, se bloquea la imaginación de alternativas colectivas.
- Pedir mejores condiciones laborales puede interpretarse como falta de esfuerzo.
- Descansar se asocia con flojera.
- Cuestionar la desigualdad se lee como resentimiento.
De esta forma, la justicia social es reemplazada por una pedagogía de la culpa. El sistema logra que sus efectos se vivan como responsabilidades personales, incluso cuando las condiciones materiales empeoran.
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¿Cómo cuestionar la lógica del cansancio?
Desacoplar el esfuerzo del valor moral es un paso crucial. Según la reflexión presentada en Café Kyoto, resignificar el cansancio implica:
- Reconocerlo como un síntoma del sistema, no como una falla individual.
- Valorar el descanso como un derecho, no como un premio.
- Recuperar la posibilidad de imaginar modos de vida menos sacrificados y menos culpógenos.
Esta resignificación no promete soluciones inmediatas, pero permite entender que la fatiga constante es una construcción social, que responde a intereses de control y organización del trabajo, más que a limitaciones personales.
El valor político del descanso
Aceptar los límites del cuerpo y la mente sin culpa es un gesto de resistencia frente a la moral del esfuerzo. La propuesta de Café Kyoto no busca glorificar la pasividad ni negar el valor del trabajo, sino cuestionar la idea de que el sufrimiento siempre es un mérito.
Vivir de forma menos sacrificada implica restituir al descanso su dignidad y reconocer que la vida no debe doler para ser legítima.
El científico nos invita a preguntarnos: “¿quién se está beneficiando de mi cansancio?”
Un cambio de perspectiva necesario
El culto al sacrificio naturaliza la sobreexigencia y oculta la injusticia estructural. La moral del esfuerzo convierte la vida agotada en una virtud silenciosa, pero al comprender sus mecanismos es posible recuperar la libertad de vivir sin medir el valor propio por la capacidad de aguantar.
Como señala Café Kyoto, detenerse un momento y cuestionar el sistema es el primer paso para que el cansancio vuelva a ser lo que siempre fue: una señal de límite y no un juicio moral.
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