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México

“Dios se encargará de los malvados”: Familia LeBarón

No había comentarios de venganza en esta comunidad altamente religiosa, sólo una profunda sed de justicia.

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Por AP

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Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

 LA MORA, Sonora.-Con soldados mexicanos vigilando, una madre y sus dos hijos fueron enterrados el jueves en unos ataúdes tallados a mano en el primer funeral para las víctimas de una emboscada efectuada por sicarios del narcotráfico que dejó nueve mujeres y niños estadounidenses sin vida.

Vestidos con camisas, trajes o vestidos modestos, alrededor de 500 dolientes se unieron en la pena bajo unas carpas colocadas en La Mora, una comunidad de unos 300 habitantes que se dicen “mormones” pero no están afiliados a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Algunos lloraban y otros entonaban cantos.

 

Los miembros de la comunidad extendida _muchos de los cuales tienen doble nacionalidad, estadounidense y mexicana_ habían hecho los ataúdes, y utilizaron palas para cavar una sola tumba de gran tamaño para los tres cadáveres en el terreno rocoso del pequeño cementerio de La Mora.

Agricultores y adolescentes cargaron los ataúdes, los cuales fueron colocados sobre unas mesas bajas, y los dolientes pasaban al lado de éstos para ver los cuerpos y darle el último adiós a Dawna Ray Langford, de 43 años, y sus hijos Trevor, de 11, y Rogan, de 2.

Los tres serían sepultados juntos, igual que como fallecieron el lunes, cuando los agresores ametrallaron su camioneta deportiva mientras transitaban por un camino de terracería con rumbo a la Colonia LeBarón, en el estado vecino de Chihuahua. Seis niños y tres mujeres fallecieron en la emboscada a tres camionetas.

No había comentarios de venganza en esta comunidad altamente religiosa, sólo una profunda sed de justicia.

 

“Los ojos del mundo están sobre lo que ocurrió aquí, y hay santos en todo el mundo cuyos corazones han sido tocados”, dijo Jay Ray, el padre de Dawna, en un panegírico.

“El plan de Dios es que sus santos salgan de entre los malvados, se separen de ellos, se unan para establecer juntos las leyes de respeto y unidad”, comentó Ray. “Dios se encargará de los malvados”.

La hermana menor de Dawna Ray, Amber, de 34 años, la elogió y dijo que era una madre devota de sus 13 hijos y ama de casa que le encantaba reír y hornear los mejores pasteles de cumpleaños.

“No hay nada en la vida que una taza de café no pueda mejorar”, señaló Amber que a Dawna le gustaba decir.

La comunidad de La Mora, ubicada a unos 110 kilómetros (70 millas) al sur de la frontera con Arizona, tiene casas de estilo estadounidense que se alternan con graneros y huertos.

Los soldados del Ejército mexicano pasaban regularmente sobre el único camino pavimentado, proporcionando una seguridad que hizo falta el día del ataque.

Las otras víctimas serían sepultadas más tarde en la Colonia LeBarón. Pero las dos comunidades, cuyos residentes están relacionados, se unieron en una muestra de luto.

Decenas de camionetas, muchas de ellas con matrículas de Estados Unidos de lugares tan lejanos como Dakota del Norte, llegaron a La Mora por el mismo camino de terracería donde ocurrió la emboscada.

Unos hombres armados del cártel de Juárez presuntamente habían montado la emboscada como parte de una guerra territorial con el cártel de Sinaloa, y las familias estadounidenses se adentraron a ella.

Steven Langford, que fue alcalde de La Mora de 2015 a 2018 y cuya hermana Christina Langford fue una de las mujeres que murió, dijo que prevé que los asesinatos generen un éxodo de la comunidad.

“Ahora este lugar se va a convertir en un pueblo fantasma”, comentó. “Muchas personas se van a ir”.

Las autoridades mexicanas dijeron que los agresores podrían haber confundido las camionetas del grupo con las que utiliza el cártel rival.

“Esa fue la percepción que tuvimos, que en el último de los casos, las personas que agredieron a los ocupantes dejaron ir a los menores. Luego entonces, podemos establecer alguna premisa: que no fue una agresión directa” contra las familias, dijo el general Homero Mendoza, jefe del Estado Mayor de la Defensa Nacional.

Pero Julian LeBarón, cuyo hermano Benjamín _un activista contra el crimen_ fue asesinado por hombres armados de un cártel en 2009, refutó esa versión.

“Tenían que saber que eran mujeres y niños”, dijo. Agregó que los ocho niños que sobrevivieron relataron que una de las madres salió de su camioneta con las manos el alto y aun así fue baleada a muerte.

Para muchos, el incidente parece demostrar una vez más que el gobierno ha perdido el control de vastas zonas de México ante los narcotraficantes.

Y también ha puesto en duda la estrategia de seguridad del presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador, de “abrazos, no balazos”, para tratar de resolver los problemas sociales subyacentes en lugar de combatir a los cárteles del narcotráfico con las fuerzas militares.

Fue también fue el acto violento más reciente por parte de los cárteles que deja entrever que las añejas reglas en contra de matar extranjeros, mujeres o niños ya no están siendo respetadas.

“El país está sufriendo mucho por la violencia”, dijo William Stubbs, un agricultor de nueces y alfalfa que es miembro de un comité de seguridad de la Colonia LeBarón. “Lo ves por todas partes. Y no está mejorando. Está empeorando”.

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