El Centro Histórico de la CDMX se hunde cerca de 40 centímetros al año mientras la extracción de agua subterránea comprime las arcillas bajo sus calles y edificios, un deterioro que la UNAM advierte que será muy difícil revertir
El hundimiento del Centro Histórico no es un fenómeno nuevo ni ocurre al mismo ritmo en toda la capital. Un investigador de la UNAM advierte que la extracción de agua del subsuelo y la compactación de las arcillas mantienen un problema que difícilmente puede revertirse

El Centro Histórico de la Ciudad de México enfrenta un hundimiento que alcanza cerca de 40 centímetros al año, de acuerdo con una estimación de un investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Detrás de este fenómeno están la extracción de agua subterránea y los cambios que experimentan las capas de arcilla que forman parte del subsuelo de la capital.
Según información publicada por El Universal, el investigador Raúl Alberto Silva Aguilera, del Instituto de Geología de la UNAM, explicó que este proceso se ha mantenido durante aproximadamente dos décadas. La compactación del terreno representa uno de los principales desafíos geológicos de la ciudad, debido a que las arcillas no recuperan fácilmente el volumen que pierden cuando se modifican las condiciones de humedad y presión en el subsuelo.
La cifra no significa que toda la Ciudad de México descienda a esa velocidad. Las mediciones científicas muestran diferencias importantes entre zonas, pues la composición y el grosor de las capas subterráneas influyen en la magnitud del hundimiento.
Por qué la extracción de agua hace que el terreno se hunda
La relación entre el abastecimiento de agua y el hundimiento del suelo está vinculada con las características geológicas de la Cuenca de México. Parte de la ciudad se desarrolló sobre los sedimentos de antiguos lagos, donde se acumularon materiales blandos, entre ellos arcillas que pueden compactarse cuando cambian las condiciones del agua que contienen.
La extracción de agua de los acuíferos modifica la presión dentro del subsuelo. Cuando disminuye la presión del agua que ocupa los espacios entre los materiales, las capas arcillosas pueden comprimirse bajo el peso de los sedimentos y de la propia superficie urbana. Como resultado, el terreno pierde altura.
Este proceso se conoce como subsidencia y no depende únicamente de cuánto líquido se extrae de un pozo. La estructura del subsuelo, el espesor de las capas compresibles y su historia geológica también intervienen en la velocidad con la que desciende la superficie.
Un estudio publicado en 2021 en la revista científica Journal of Geophysical Research: Solid Earth, elaborado a partir de registros históricos, mediciones satelitales y datos de GPS, documentó que el hundimiento de la zona metropolitana ha sido persistente durante décadas y alcanza velocidades de hasta 50 centímetros anuales en determinados puntos. La investigación también concluyó que gran parte de la deformación es prácticamente irreversible.
El problema puede continuar aunque cambien las condiciones del agua
Una de las principales dificultades es que la compactación de las arcillas no se revierte fácilmente. Una vez que los materiales pierden parte de su volumen por la compresión, recuperar las condiciones anteriores del subsuelo no implica que el terreno vuelva a elevarse hasta su posición original.
Además, las capas arcillosas responden lentamente a los cambios en la presión del agua. Por ello, el hundimiento puede continuar incluso cuando las condiciones de extracción se modifican, dependiendo de las características del terreno y del tiempo que requieren los materiales para ajustarse.
La investigación científica sobre la capital advierte que este fenómeno tiene consecuencias que van más allá de la disminución de la altura del suelo. Las diferencias en el hundimiento entre zonas pueden favorecer la aparición de fracturas y afectar infraestructura urbana, incluidas las redes de agua.
Esto no significa que todos los edificios del Centro Histórico presenten daños ni que cada inmueble esté expuesto al mismo riesgo. La afectación depende de las condiciones particulares del terreno y de la infraestructura ubicada en cada sitio.
La paradoja del agua en la Ciudad de México
La capital se encuentra sobre una cuenca que estuvo ocupada por lagos, pero su crecimiento urbano transformó el funcionamiento natural del sistema hídrico. La expansión de la ciudad modificó los cauces, las zonas de recarga y la manera en que el agua circula por el territorio.
En la actualidad, la Ciudad de México obtiene una parte importante de su suministro de fuentes subterráneas y también depende de sistemas que trasladan agua desde otras cuencas. Durante la conferencia “Más allá de flujos de agua: el Sistema Cutzamala y su complejidad en la gestión hídrica”, organizada por el Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM, Silva Aguilera abordó los desafíos que implica administrar estos recursos.
De acuerdo con la información difundida sobre la exposición, alrededor del 70 por ciento del agua potable consumida en la capital procede de fuentes subterráneas, mientras que el Sistema Cutzamala aporta cerca de una cuarta parte del suministro. Son fuentes distintas que forman parte de una red de abastecimiento compleja: el Cutzamala no es la causa directa del hundimiento descrito en el Centro Histórico.
La gestión del agua, por tanto, requiere considerar tanto las necesidades de consumo de la población como las condiciones de las cuencas de origen y los efectos de la extracción sobre el subsuelo.
Un fenómeno de largo plazo para la capital
El hundimiento de la Ciudad de México se ha documentado desde hace más de un siglo. Las investigaciones geológicas muestran que no se trata de un cambio repentino, sino de un proceso sostenido que presenta velocidades diferentes según el lugar y las características del terreno.
En el caso del Centro Histórico, la estimación de hasta 40 centímetros anuales atribuida al investigador de la UNAM dimensiona la magnitud del problema en esa zona. No obstante, esa cifra debe interpretarse dentro de su contexto geográfico y no como una medición uniforme para toda la metrópoli.
La dificultad para recuperar el volumen original de las arcillas hace que el fenómeno sea especialmente complejo. Su atención exige estudiar el subsuelo, vigilar las deformaciones del terreno y considerar los efectos de la gestión del agua en una ciudad que continúa dependiendo de los acuíferos para cubrir una parte importante de sus necesidades.
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