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Los narcoesclavos: así es cómo el crimen organizado secuestra a niños, jóvenes y campesinos para hacerlos trabajar en campos de drogas hasta 20 horas diarias sin recibir un peso y bajo tortura

Trabajan hasta 20 horas diarias sin recibir un peso, son golpeados, violados y asesinados si intentan escapar. La investigación que revela cómo miles de jornaleros viven este infierno desde los años 70.

Los narcoesclavos: así es cómo el crimen organizado secuestra a niños, jóvenes y campesinos para hacerlos trabajar en campos de drogas hasta 20 horas diarias sin recibir un peso y bajo tortura

El narcotráfico en México no solo trafica sustancias. Desde hace décadas también recluta y somete a miles de personas —niños, jóvenes, campesinos y jornaleros— para que trabajen como esclavos en plantaciones de marihuana y amapola. Los obligan a laborar sin pago, en condiciones inhumanas, bajo amenazas, golpes, violaciones y riesgo constante de muerte.

Esta realidad fue documentada durante tres años por el equipo de Quinto Elemento Lab en el reportaje Esclavos de la Sierra Tarahumara. Sobrevivir a los campos de trabajo forzado del narco, revela un mecanismo que se repite en varias regiones del país.

La investigación, liderada por Marcela Turati, Thelma Gómez Durán y Eliezer Budasoff, se basa en testimonios directos de sobrevivientes y expone cómo el abandono estatal y la necesidad económica facilitan estas prácticas. La información también fue difundida por Infobae México.

A continuación te explicamos, de forma clara y ordenada, cómo funciona este sistema, qué le ha pasado a las víctimas y qué factores lo mantienen vivo.

Campos agricolas

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¿Desde cuándo existe el reclutamiento forzado de “narcoesclavos”?

El método se registra desde los años 70, según analistas como el sociólogo Luis Astorga. En su libro El siglo de las drogas, Astorga describe cómo en los ochenta se reclutaba a jóvenes de colonias populares de Culiacán y rancherías cercanas con anuncios en camiones que ofrecían “pizca de manzana” con buena paga. Muchos terminaban en plantaciones de amapola en el Triángulo Dorado.

En Chihuahua, específicamente en el rancho El Búfalo, durante los ochenta operó una enorme plantación de marihuana de más de 500 hectáreas atribuida a Rafael Caro Quintero. Ahí trabajaron alrededor de 12 mil jornaleros en condiciones de encierro, según reportes citados en la investigación de Quinto Elemento Lab.

¿Cómo engaña y captura el narco a sus trabajadores?

El narco aprovecha la cultura de trabajo temporal que existe en varias regiones de México. Muchas personas viajan por meses entre cosechas: de la manzana a la nuez, del tomate en Sinaloa a otras labores agrícolas. Ofrecen empleos con “buena paga” en pueblos alejados y con alta precariedad. Una vez que las personas llegan al lugar, las condiciones cambian. Las llevan a zonas serranas de difícil acceso, les quitan la libertad y las obligan a trabajar.

En algunos casos, los “mayordomos” armados vigilan constantemente. Si alguien intenta escapar, lo castigan o lo devuelven. Los poblados cercanos a los campamentos suelen depender económicamente del narco, por lo que ayudan —a veces de forma involuntaria— a identificar a los fugitivos.

¿Qué pasó con los 21 rescatados en la Sierra Tarahumara en 2019?

A mediados de 2019, dos personas escaparon de un campamento del Cártel de Sinaloa en Chihuahua y alertaron a las autoridades. Una semana después, el 11 de julio de 2019, un operativo rescató a 21 hombres que trabajaban como esclavos. Vivían en cuevas y bodegas, comían lo mínimo para sobrevivir, se aseaban con una sola barra de jabón para 15 personas dos veces al mes y trabajaban hasta 20 horas diarias en campos de amapola y marihuana. No recibían pago. Los presionaban para consumir drogas y los castigaban con torturas si se quejaban.

Este caso ocurre en un país donde las desapariciones superan las 130 mil, la mayoría ocurridas en las últimas dos décadas.

¿Cómo eran las condiciones de trabajo en los campos del narco?

Las jornadas comenzaban a las 7:00 de la mañana y podían terminar a las 4:00 del día siguiente. Los trabajadores dormían en bodegas o cuevas. En el caso de Margarito Guerrero, quien estuvo en El Búfalo en los ochenta, no recibió ningún pago durante mes y medio. Les daban comida, pero vivían en encierro.

En la Sierra Tarahumara, hombres, mujeres y niños eran contratados temporalmente para rayar bulbos de amapola y extraer goma, aunque en muchos casos la situación derivaba en trabajo forzado sin pago. Los castigos incluían violencia física y psicológica, y muchos eran asesinados al intentar huir o exigir lo prometido.

¿Qué le pasó a Margarito Guerrero y su conexión con Ayotzinapa?

Margarito Guerrero, originario de Omeapa, Guerrero, fue engañado en los ochenta con la promesa de pizca de manzana. Terminó en El Búfalo, Chihuahua. Décadas después, cuando desapareció su hijo Jhosivani Guerrero de la Cruz —uno de los 43 normalistas de Ayotzinapa—, entendió mejor lo que pudo haber ocurrido. Cree que su hijo también pudo ser llevado a trabajar forzado en algún campo.

Su testimonio, recogido por el Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan, muestra cómo estas experiencias marcan a familias enteras durante generaciones.

¿Por qué es tan difícil escapar de estos campamentos?

Los campamentos están en zonas de sierra con difícil acceso. Las personas que huyen suelen toparse con otros campos vinculados al mismo grupo criminal. Si llegan a un pueblo cercano, los identifican fácilmente porque las comunidades dependen económicamente del narco.

Eliezer Budasoff explicó que existe una red de vigilancia comunitaria que facilita la captura. Las fronteras entre víctimas y victimarios se difuminan en los niveles más bajos de esta economía criminal.

Los cultivos ilícitos ocupaban más de 111 mil metros cuadrados y sumaban más de 3.3 millones de plantas, según datos oficiales. Foto: SEMAR

¿Disminuirá el reclutamiento forzado si se hiciera una sustitución de amapola y marihuana por drogas sintéticas disminuirá ?

No de forma automática. Según los periodistas de Quinto Elemento Lab, las organizaciones criminales actúan como “empresas” que ajustan costos. Desde 2016, con la llegada del fentanilo, el precio de la goma de opio cayó cerca de un 90%. Ante esto, en lugar de abandonar el negocio, reducen costos mediante esclavización y trabajo forzado.

El reclutamiento no depende solo del tipo de droga, sino de la disponibilidad de personas vulnerables: migrantes, jóvenes sin empleo, jornaleros y personas con deudas (a veces provocadas por los mismos grupos).

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¿Qué papel juega el Estado en este problema?

El reportaje ubica estos campamentos en territorios donde el Estado ya estaba ausente. Marginación, falta de empleo estable y poca protección institucional dejan a las personas expuestas.

Marcela Turati ha señalado que familias de desaparecidos denunciaron que sus hijos fueron llevados a trabajar y las autoridades no actuaron. Programas sociales “cosméticos” —como despensas o becas— no compiten con la oferta del narco cuando no hay empleo real y sostenido.

Una realidad que persiste

Los “narcoesclavos” no son un caso aislado ni del pasado. Se trata de un mecanismo que el crimen organizado usa para mantener sus operaciones con mano de obra barata o gratuita.

Conocer cómo opera —los engaños, las condiciones y los factores que lo sostienen— es el primer paso para entender dónde pueden estar muchas personas desaparecidas y por qué urge una respuesta que vaya más allá de operativos puntuales.

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