Sobrevivientes del Rancho Izaguirre relataron que los reclutas eran engañados con promesas de empleos legales, pero al llegar les quitaban los celulares, los obligaban a hacer el entrenamiento del CJNG y mataban a todos los que no lo aprobaban
Nuevos testimonios integrados a la investigación del Rancho Izaguirre describen cómo jóvenes fueron engañados con promesas de empleo, llevados a un centro de adiestramiento del CJNG y asesinados si no superaban las pruebas.
JALISCO. — El caso del Rancho Izaguirre, en Teuchitlán, Jalisco, volvió a tomar fuerza luego de que salieran a la luz testimonios integrados a la investigación, en los que sobrevivientes describen un patrón de engaños, reclutamiento forzado, entrenamiento criminal y asesinatos dentro de un campamento presuntamente ligado al Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).
Las declaraciones señalan que muchos jóvenes fueron atraídos con falsas ofertas de trabajo, trasladados sin posibilidad de escapar y obligados a entrenarse para operar como sicarios.
La información, publicada por Reforma con base en testimonios rendidos ante la Fiscalía de Jalisco e incorporados a la indagatoria federal, añade una capa más grave a un caso que ya había generado impacto nacional.
Aunque activistas y madres buscadoras han sostenido que el lugar operó como un “campo de exterminio”, la Fiscalía General de la República ha dicho que, hasta esa etapa de la investigación, no había elementos suficientes para afirmarlo de forma concluyente, aunque sí ubicó el predio como un sitio de adiestramiento criminal y reconoció hallazgos humanos en el lugar.
Lo que sí dejan ver estos nuevos relatos es una dinámica constante: jóvenes reclutados con engaños, entrenamiento bajo amenazas, castigos extremos y presuntas ejecuciones contra quienes no lograban superar las pruebas.
El caso no sólo importa por lo que habría ocurrido dentro del rancho, sino porque expone una ruta de captación criminal que puede afectar a personas que buscaban trabajo y terminaron atrapadas en una estructura violenta de la que, según varios testimonios, sólo se podía salir muerto.
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¿Qué revelan los testimonios del Rancho Izaguirre?
Los testimonios describen que las víctimas eran contactadas con promesas de empleo legal, en algunos casos como jornaleros, y citadas en la Central de Autobuses de Guadalajara.
Una vez en el vehículo, les quitaban el teléfono, sus pertenencias y la posibilidad de comunicarse con alguien.
Ya en el campamento, les informaban que en realidad habían sido reclutados para el CJNG y que debían someterse a entrenamiento armado.
Uno de los testimonios más duros señala que el nivel de sobrevivencia durante ese proceso era mínimo.
El testigo identificado como NMGR declaró que “de 50 personas que se llevaba a entrenar con ‘El 090’, conocido como ‘El Sagrado’, sólo regresaban alrededor de 10 personas, las otras las mataban por no hacer los ejercicios”.
Esa versión forma parte de los dichos recabados en la investigación y perfila un esquema de violencia sistemática contra quienes no cumplían con lo exigido por sus captores.
¿Cómo eran llevados los jóvenes a ese lugar?
Todos los entrevistados, según el reporte, coincidieron en un punto: fueron captados mediante engaños. Los reclutadores les ofrecían empleo, les daban instrucciones precisas para presentarse en Guadalajara y, una vez controlado el traslado, ya no podían irse.
Uno de los testigos protegidos, con nombre clave “El Elegante”, relató que cuando aceptó la oferta laboral fue recogido en un vehículo blanco con logotipos de la Secretaría de Salud. Contó que eso le hizo pensar que todo era normal, hasta que le pidieron apagar y entregar su teléfono.
Después, dijo, recogieron a otras personas y una de ellas iba armada. Más tarde fue llevado a una casa de seguridad, despojado de sus pertenencias y amenazado.
Su declaración resume el tono de esa experiencia:
Me dijeron que había sido reclutado para el CJNG, teniéndome encañonado y que la forma de salir era por los pies por delante”.
¿Quién aparece señalado en las declaraciones?
En varios testimonios aparece el nombre de Hugo Gonzalo Mendoza Gaytán, alias “El Sapo”, también identificado como “El Sagrado Hombre” o “El 090”.
Los sobrevivientes lo ubican como un mando de alto nivel dentro de la organización criminal y lo señalan como responsable de las llamadas “Escuelitas”, que eran los lugares donde presuntamente se entrenaba a los reclutas.
Otro de los declarantes, identificado con las iniciales AGT, afirmó que los reclutados no podían salir una vez que conocían el rostro de figuras importantes de la organización.
En su versión, “no se le podía conocer porque era una pieza muy importante en el cartel y que si lo conocían no podrían salir del lugar”.
También mencionó a otros mandos apodados “Comandante Piolín”, “Comandante Choco” y “Comandante Tuza”, a quienes atribuyó tareas de control, vigilancia y asignación de funciones.
¿Qué pasaba con quienes sí lograban “graduarse”?
Los testimonios indican que dentro de estos espacios había reclutas nuevos, vigilantes o instructores, y un grupo de “graduados”. Estos últimos eran quienes sí pasaban las pruebas y quedaban listos para ser enviados a distintas plazas.
Según una de las declaraciones, esos jóvenes eran asignados sobre todo a zonas en conflicto. AGT dijo que “a las personas que les decían los graduados se iban del lugar y eran enviados a Zacatecas, para el matadero por estar en guerra con otro cartel”.
Esto sugiere que el rancho no sólo funcionaba como centro de captación, sino como punto de selección y distribución de sicarios hacia regiones de disputa criminal.
¿Era un campo de exterminio o un centro de adiestramiento?
Ésa sigue siendo la principal discusión del caso. La autoridad federal ha sido cuidadosa con esa definición. Hasta ahora, el punto que sí se ha sostenido oficialmente es que el Rancho Izaguirre operaba como un centro de reclutamiento y adiestramiento ligado al CJNG. También se ha reconocido que en el lugar hubo hallazgos humanos y que existieron hechos violentos.
Sin embargo, llamar al sitio “campo de exterminio” como una conclusión cerrada sigue siendo problemático desde el punto de vista legal y ministerial, porque la propia FGR ha dicho que no contaba con elementos suficientes para establecerlo de forma concluyente en esa etapa de la indagatoria.
Por eso, al hablar del caso, lo más responsable es distinguir entre lo oficialmente confirmado y lo que hoy está sostenido en testimonios que forman parte de la investigación, pero que todavía deben ser robustecidos con peritajes y pruebas judiciales.
¿Por qué este caso importa más allá de Jalisco?
Porque lo que muestran estos testimonios no es sólo la brutalidad de un campamento criminal, sino un mecanismo de captación que puede repetirse: ofertas de trabajo falsas, traslados controlados, incomunicación, amenazas y entrenamiento forzado.
Para muchas familias, esa ruta ayuda a entender cómo un joven puede desaparecer sin dejar rastro después de salir en busca de una oportunidad laboral.
El caso también abrió preguntas sobre las fallas en las primeras investigaciones y sobre el tamaño real del problema del reclutamiento forzado en México.
Cada nuevo testimonio no sólo agrega detalles al expediente; también muestra cómo una estructura criminal puede transformar una promesa de empleo en una sentencia de muerte.
El fondo del caso ya no sólo es lo que pasó en ese predio, sino cuántas historias similares podrían seguir ocultas detrás de una oferta de trabajo falsa.
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