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Mexicali A pesar de los años, el Centro Histórico cachanilla conserva su potencial comercial nato y algunos empresarios locales se rehúsan a dejarlo morir

El centro, el emporio comercial de Mexicali

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Por Saul D.Martinez

El centro, el emporio comercial de Mexicali

El centro, el emporio comercial de Mexicali

El comercio fue, sin duda, el principal motor de desarrollo del Centro Histórico de Mexicali. Junto a las vías del tren que se detenía a descargar mercancías, el Primer Cuadro de la ciudad germinó gracias a una de las actividades más antiguas en el mundo.

El Centro es punto de partida para el desarrollo de la ciudad, aunque no tenga la misma vista que tienen otras zonas de la ciudad, que probablemente hoy gozan el brío, como en los tiempos de la Ley Seca en Estados Unidos, gozó la colonia Primera Sección.

Esta zona fue un atractivo para inversionistas de otras partes del País, que apostaron por el potencial de un punto cercano a la frontera con Estados Unidos, y hoy lleno de historia, se sujeta a ese legado comercial nato y que muchos comerciantes de la zona se rehúsan a abandonar.

HISTORIAS MERCANTES

Don José de Alba de Anda llegó a Mexicali en el 68 desde San Juan de los Lagos, Jalisco, por invitación de los hermanos Martínez Jiménez, familia de comerciantes que administraron varios locales en el Centro Histórico. Hoy tiene 71 años y recuerda con lujo de detalles su llegada a Mexicali.

Con una sonrisa, revela los buenos años del comercio en esa década. Con apenas 23 años, llegó a trabajar a una de las tiendas locales, La Regional, que a la fecha sigue de pie sobre la calle Altamirano.

Su andar incluye el trabajar y conocer a los comerciantes que forjaron gran parte de lo que hoy es el Centro Histórico de Mexicali y que ya han fallecido. Don José, o don Pepe de Alba, es uno de los que aún siguen haciendo historia en estas calles.

Carmen Ham, Samuel Alvarado, Mario Hernández Maytorena, los hermanos Martínez. Los recuerda a todos ellos. El ir y venir de los comercios, sus comerciantes, los clientes, los migrantes, los que se quedan y los que se van.

LA LUNA

Para varias generaciones de mexicalenses, la tienda La Luna es un referente. Sigue siendo un ancla en el Centro Histórico. Don José la fundó en 1990 y a la fecha ha sobrevivido y expandido sus alcances al menos a otras dos sucursales en Mexicali y otra más en San Luis Río Colorado, Sonora.

Don José cumple 50 años de llegar a Mexicali y 28 años de fundar esta tienda, dedicada a la cristalería, mercería, artículos de cocina. Para señoras, dirían algunos, para restauranteros, otros. Lo cierto es que su tienda, por más pequeña, es de las mejores surtidas en esa zona.

Desde un simple salero hasta todo el equipo para operar una cafetería, un restaurante o una taquería puede ser encontrado en su local, fundado a un costado de La Regional, la tienda que lo hizo enamorarse y quedarse en el Centro Histórico.

TESTIGOS DEL TIEMPO

Don José es un hombre de cuerpo menudo pero vigoroso. Anda de atrás a adelante en su tienda matriz, donde trabaja con su hija Rosita y su yerno. Atiende clientes, contesta el teléfono, va a la bodega, acomoda cristalería y domina su local.

Para él, las calles del Centro han cambiado poco. “Aquí todavía es un emporio del comercio, las calles aún están vivas, comercialmente, y aunque hay locales abandonados tenemos unos negocios muy prósperos”, comenta. “Aquí sigue siendo el Centro y se tiene que hacer valer”.

A su mente llegan rápidamente las caracterís- ticas que hacen grande a esta zona de la ciudad. La Catedral, si se quiere ir a misa; los parques, si es por esparcimiento; los restaurantes, si se tiene hambre, o los bares, por si ocupas relajarte.

En el Centro lo hay todo, dice. Con los años, ha vis- to varias administraciones municipales prometer proyectos que no terminan de cumplirse. Se necesitan baños públicos y atender a los indigentes y migrantes que rondan como fantasmas la zona, donde se han acostumbrado a pedir dinero a comerciantes y clientes.

¿ENTONCES? Qué nos falta, se pregunta don José. “Que no se olvide el Municipio de nosotros”, responde. Cómo le gustaría ver el Centro en 5 o 10 años, le pregunto. Una sonrisa le vuelve al rostro y su mirada la dirige a un recuerdo o a su imaginación. Baños, que arreglen las calles, de esos faroles bonitos que pusieron por la Obregón, sugiere.

No tiene quejas de la seguridad, pues dice, hasta hoy han tenido buena respuesta de la Policía Municipal. Tampoco tiene nada contra los indigentes, pues la tarde que acudo a hablar con él, me cuenta la lástima que le dan algunos, pues cerca de diez de ellos acuden diariamente a pedirle dinero para comer.

Incluso cuando llego, uno de ellos, con pantalo- nes a punto de revelar sus glúteos, espera un billete de 20 pesos de don Pepe. Don José ha sabido coexistir en el Centro, con sus residentes, con sus visitantes, con los co- merciantes. Don José ha resistido los embates de las grandes inversiones de la competencia, pero se ha determinado no dejar este lugar que le ha dado las mejores memorias de su vida y, sobre todo, a su familia.

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