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Columnas

Un migrante extranjero que cambió Baja California

Ahora que le andamos echando la culpa de todos nuestros males a los migrantes extranjeros, yo quiero hablar de un peruano que llega a Baja California a mediados del siglo XIX y que aquí no sólo hace su vida sino que ayuda a cambiar el rostro colectivo de nuestra entidad con su labor encomiable.

Por Gabriel Trujillo

Ahora que le andamos echando la culpa de todos nuestros males a los migrantes extranjeros, yo quiero hablar de un peruano que llega a Baja California a mediados del siglo XIX y que aquí no sólo hace su vida sino que ayuda a cambiar el rostro colectivo de nuestra entidad con su labor encomiable. Hablo de Manuel Clemente Rojo, quien va a definir, en buena medida, la actividad del maestro bajacaliforniano desde el siglo XIX hasta nuestros días: será la de un hombre o mujer que se dedique a ejercer el profesorado y, a la vez, sea un vocero de su comunidad a través de la prensa. Es una noble labor y está basada en el espíritu positivista de que hay que educar a los pupilos, a las nuevas generaciones de bajacalifornianos en el amor a la patria y en el afán por conocer mejor la realidad, al mismo tiempo que por la prensa se educa al público en general, a los parientes de sus alumnos en el himno del progreso y en la religión laica de que para ser mejores ciudadanos la educación es la ruta del éxito, de la riqueza, de la sabiduría, de la salud y del arte. En una zona fronteriza como Baja California, esto es de indudable valor para que la sociedad no adapte sólo los usos y costumbres del vecino del norte sino que adquiera la conciencia de ser mexicanos en la periferia del país, mexicanos orgullosos de su historia y de su porvenir.

Pero don Manuel no se conformó con ser historiador, periodista y dibujante. Hasta 1900, el año en que murió, Rojo fue un maestro incansable que fundó escuelas por donde anduvo. Como bajacaliforniano adoptivo, vio en la educación el instrumento básico de progreso. Como liberal supo que educar era liberar de prejuicios y ataduras a las nuevas generaciones. Y si se sabe que de 1821 a 1860, como lo indica Marco Antonio Montero en las Memorias del Primer Congreso de historia regional (1958), “no hay la menor huella de una actividad escolar”, entonces hay que ver el impulso educativo de Clemente Rojo y del maestro Eliseo Schieroni como un movimiento renovador que surge ya en forma en 1873, con clases de lectura, escritura, gramática, aritmética y geografía, y que para 1887 ya, a nivel nacional, se lucha por la introducción de las materias artísticas de dibujo y canto coral.

El propio Justo Sierra defendió esta clase de instrucción ante los diputados que en diciembre de ese año no querían otorgar el presupuesto necesario para que funcionara tales programas en toda la República mexicana (La educación nacional, 1977): “El dibujo forma parte de la educación en la escuela y es el cultivo de las facultades por medio de los sentidos; con el dibujo se logra educar, por ejemplo, el órgano de la visión. La educación de los sentidos puede no obtener los sufragios de la Cámara; pero muchos la han creído indispensable para la educación del hombre, puesto que el hombre tiene además de la inteligencia, estos vehículos de comunicación con el exterior, que conviene hacer funcionar bien”. Estos cambios, a favor de las actividades artísticas dentro de la educación pública porfirista, van a tener como punto de partida, en el caso de Baja California, al puerto de Ensenada que será, durante las décadas finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, la capital del Distrito Norte de la Baja California y el centro comercial donde la educación y las artes tendrán un papel social cada vez más imprescindible para el desarrollo de esta comunidad.

Don Manuel, a partir de 1886, radica en el puerto de Ensenada, que ya era entonces la capital, donde se distingue, como la recordara David Zárate Loperena, “en las actividades cívicas y culturales, pasando a formar parte de la Sociedad Filarmónica y de la Junta Patriótica. En 1896, a la edad de 73 años, funda en Ensenada el Colegio Superior de Comercio, como una lógica continuación del nivel académico prevaleciente en Ensenada en esos días, y también según testimonio, para sustituir a los norteamericanos e ingleses en los puestos de dirección de los negocios de la ciudad”. Hasta su muerte, este peruano exiliado de su país, este migrante extranjero, es un transformador de nuestra sociedad. Sirva su ejemplo para recordarnos que, digan lo que digan los racistas de hoy,  Baja California es crisol, es suma, es convivencia. Siempre puente. Nunca muro.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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