No te pierdas las últimas noticias

Suscríbete a las notificaciones y enterate de todo

Columnas

Remembranzas de un centenario 

Mi Mexicali cumplió sus 118 años el pasado 14 de marzo, y entre mis nostalgias aparecen múltiples recuerdos, pero hoy quiero rescatar uno, el de su centenario que fue coronado con el magno concierto “La noche del Sol Pavarotti sin Fronteras”, en la Laguna Salada.

Por Beatriz Limón

Mi Mexicali cumplió sus 118 años el pasado 14 de marzo, y entre mis nostalgias aparecen múltiples recuerdos, pero hoy quiero rescatar uno, el de su centenario que fue coronado con el magno concierto “La noche del Sol Pavarotti sin Fronteras”, en la Laguna Salada.

En ese entonces, era periodista de esta Casa Editorial, y estuve a cargo de un proyecto que en realidad me enamoró, un suplemento dominical que se titulaba “La Crónica del Siglo” y que me dio la oportunidad de entrevistar a personajes como Milton Castellanos Everardo, Armando Gallego Moreno, Mario Hernández Maytorena, Eduardo Auyón Gerardo, por nombrar algunos de los forjadores de nuestra Capital.

De igual forma estuve encargada de la cobertura de los eventos previos a los cien años de la ciudad, que en realidad fueron diversos y coloridos, desde conciertos como el de Marco Antonio Solís “El Buki” hasta un engranaje nuevo que le dio vida al reloj de la Cervecería Mexicali donde se escuchaba la melodía “Mexicali Rose”, si mal no recuerdo, cada hora. Lo que sí tengo presente, es que don Rodolfo Nelson Culebro me hizo subir las escaleras de emergencia del edificio hasta escalar a la cima del inmueble donde se encuentra la maquinaria del reloj. De ese día, aún conservo las fotos.

Pero sin duda la corona de las festividades era la presentación del tenor italiano cantándole a la ciudad de Mexicali. Un gran letrero dándole la bienvenida se colocó “bajandito” La Rumorosa, cercano a la Laguna Salada, donde se planeó el evento. Los que muchos no saben, es que se armó la grande cuando los realizadores del monumental espectacular escribieron “Chiao” en vez de “Ciao”, que en italiano es hola. Así que solo los observadores les tocó presenciar el remache sobrepuesto en el oneroso espectacular auspiciado por la familia Pérez Román, desencintes del legendario periodista Pedro F. Pérez y Ramírez, mejor conocido como “Peritus”.

También me tocó investigar las exigencias de Pavarotti, y si ustedes no sabían se mandó hacer una suite especial para el tenor en el entonces hotel Crowne Plaza, ahora Real Inn, pieza que aún debe de existir, ya que no olvido que el gerente me dijo: “Es como Luis Miguel, tiene su suite que pide a su gusto y luego las ofreces a los clientes como la ‘suite del Sol’…”.

Y así fue, se acondicionó el baño con inodoros más altos y a medida de Pavarotti, además se mandó a construir una cocina especial y se contrató a un chef italiano para complacer el paladar del artista, y lo más extravagante, que no lo comprobé, pero me llegó el rumor, que se ordenó que el tren que pasaba por la mañana cercano al hotel, no sonara su bocina para no interrumpir el sueño del divo.

Se gastaron millones en construir una infraestructura para montar un concierto en medio de un desierto donde se recibió a más de 40 mil personas. Y entre los secretos, es que el concierto se iba a cancelar horas antes, debido a una gripa que pescó Pavarotti. Tengo presente que un día antes al espectáculo, estaba sentada en el lobby del hotel y vi llegar a Jorge Esma Bazán, en ese tiempo coordinador del evento. Lo observé con la cara desencajada y al querer entrevistarlo me ignoró y solos se dirigió velozmente al elevador. Entonces no entendí su actitud agresiva, después supe que el cantante había decidido cancelar, y tuvo que mediar para poder hacer realidad un concierto, que, a la voz de los críticos de ópera, dejó mucho que desear.

“Se le salían los gallos”, recuerdo que decía la gente durante el concierto. Yo escuchaba sentada en primera fila, pero sin silla, en el suelo tomando fotos, y atrás de mí la ahora candidata a la gubernatura de Baja California, Lupita Jones.

Palabras más, palabras menos, el concierto se realizó y una lluvia de luces pirotécnicas concluyeron con un final feliz para miles de mexicalenses, que, aunque preferimos el norteño, fue un día de fiesta por los cien años de Mexicali.

En mi retorno, caminando con libreta y cámara fotográfica al hombro, me topé con Francisco Céspedes, intentando cantar en un pequeño escenario ignorado por los asistentes. Con una intensa tos me dijo “el polvo no me deja cantar”.

Y sí, el polvo del desierto Cucapá lo cubrió todo, y al final del concierto nadie encontraba sus carros, las alarmas resonaban sin parar, y todos los autos se mimetizaron con la arena que vistió por igual.

Ni les cuento la fila para salir, fue eterna. Tampoco les cuento donde acabamos los reporteros festejando esa maravillosa noche.

Lo que sí les cuento, es que los cachanillas disfrutamos a lo grande el centenario de Mexicali. Y en lo personal, fue una noche única, porque “nací en los algodonales, bajo un sol abrazador”.

*Corresponsal en Nuevo México y Arizona de la Agencia Internacional de Noticias Efe

Comentarios