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Columnas

¿Qué nos sucede?

Las noticias sobre asesinatos, infanticidios, feminicidios y los hechos que los circundan son cada vez más aterradoras.

Por Roberto Vázquez

Por el derecho a la libertad de expresión.

Las noticias sobre asesinatos, infanticidios, feminicidios y los hechos que los circundan son cada vez más aterradoras. No es nada más la violencia con la cual se llevan a cabo, sino los matices con los cuales parecen quererse distinguir los agresores.

Aquellas características que los hacían únicos hace algunos años, como el desmembramiento, la decapitación u otras atrocidades, ahora se ven opacadas con tipologías especiales. La tendencia parece consistir en ser el sujeto -hombre o mujer- más sádico del que tengamos conocimiento.

Por eso se mata a las víctimas de manera violenta, atormentándolas para provocarles una muerte con mucho sufrimiento.Además, algunos criminales se video filman y comparten en las redes sociales sus asesinatos pensando, tal vez, que recibirán felicitaciones. Sin embargo, el rechazo y la desaprobación es enorme.

Hace no tanto tiempo, una mujer se filmó parándose encima de su bebé. Ponía sus pies en a cabeza del niño, al tiempo que se paraba en su estómago. El pequeño no murió, pero el impacto de esa acción tan ruin la llevará por siempre y marcará su vida. Después supimos por la prensa y las redes sociales, que otros depravados habían metido a su hija dentro de la lavadora, sin importarles las consecuencias.

Posteriormente, una mujer asesinó a su niña porque se orinó en la ropa. Uno no se imagina que puedan existir personas así.  Los padrastros, las madrastras y cualquiera que esté en contacto con los niños, es un peligro latente. Ya no se puede tener confianza en el parentesco ni en la amistad. Quienes quieren hacerles daño a los niños aprovechan cualquier oportunidad.

Lo mismo sucede con las mujeres que han sido víctimas de feminicidio. La idea que ronda en cada uno de los hechos es el salvajismo con el cual se realiza. La familia sufre cuando desaparecen, pero después, cuando se enteran de cómo fueron asesinadas, el martirio continúa y no los deja descansar ni que cicatrice la pena. De la misma manera quienes no formamos parte de la familia, también somos golpeados y recibimos el impacto.

A Marbella, jovencita asesinada en Tijuana, el sujeto la estuvo hostigando, vigilando, y persiguiendo en donde quiera que andaba, hasta que finalmente la mata. Este asesinato nos tiene consternados, no solo por la saña, sino por el atrevimiento y el descaro del homicida que, de manera desvergonzada, asiste al funeral, y después al panteón donde la sepultan, colocando ramos de flores y portando una camiseta con la fotografía de ella.

Algo no estamos haciendo como sociedad. La delincuencia no tiene límites y, obviamente, no les tiene miedo a las autoridades. Conocen el alto grado de corrupción que existe y saben que no hay forma de que paguen, en la misma medida, lo que les hicieron a sus víctimas. La impunidad es tan alta que cualquier caso que llegue a la sentencia, resulta ridículo comparado con los no castigados.

Esta situación nos tiene a todos en la zozobra. No sabemos cómo reaccionar y no hay, ni en el corto, mediano o largo plazos, señales de que vayamos a mejorar. La tendencia es a la declinación de la inseguridad. Vendrán tiempos peores hasta que toquemos fondo. Los extremos, a veces, son la mejor solución. Vale.    

* El autor es Lic. En Economía con Maestría en Asuntos Internacionales por la UABC.

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