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Columnas

Puentes magníficos entre Baja California y Sonora

Cuando hablamos de la cultura bajacaliforniana siempre acudimos a una realidad insoslayable.

Por Gabriel Trujillo

Cuando hablamos de la cultura bajacaliforniana siempre acudimos a una realidad insoslayable: nuestra entidad se ha creado gracias a la conjunción de hombres y mujeres venidos no sólo de todas partes de México, sino de todos los rumbos del planeta. Somos una comunidad hecha por gente que nació en otros lugares, pero aquí, entre nosotros, encontró vida y destino, casa y familia. De esas contribuciones está hecha cualquier actividad productiva que mencionemos. Pero hoy prefiero hablar desde una perspectiva diferente: exponer, específicamente en el campo artístico y cultural, lo que los bajacalifornianos, los nativos de nuestro estado, han hecho por otras regiones de México y, en especial, dar a conocer unos cuantos casos de bajacalifornianos que, brincando las aguas del río Colorado o atravesando los arenales del desierto de Altar, convirtieron a Sonora en su sitio de trabajo, en el propósito de sus existencias. Sólo nombraré a tres de ellos para explicar sus aportaciones a ese estado que es nuestro vecino y que comparte, con Mexicali, su clima y su desierto, el ánimo de vivir a la intemperie en medio de un verano interminable.

Descubrí a estos bajacalifornianos hacia los años ochenta, cuando fui asiduo participante del Coloquio de las Literaturas del Noroeste, organizado por el Departamento de Humanidades de la Universidad de Sonora. Cuando participé en aquellas maratónicas reuniones, donde conocí desde Gerardo Cornejo hasta Luis Enrique García, pasando por Leo Sandoval, Miguel Manríquez, Inés Martínez, Francisco Luna, Rita Plancarte, Miriam Navarro, Alejandro Zéleny, Lauro Paz y tantos otros sonorenses, líderes intelectuales de la División del Noroeste, llenos de ideas, serios y vaciladores al mismo tiempo. Me daban envidia porque ya contaban con un programa editorial tanto por parte de la universidad como del gobierno del estado desde muchos años atrás. Me daban envidia porque publicaban una revista de investigación como Ciencia literaria y realizaban estudios sobre la literatura de su propia entidad, incluyendo sus autores y obras, mientras que en Baja California no contábamos con nada semejante y la UABC apenas comenzaba las carreras de literatura y filosofía en Tijuana.

En aquellos coloquios, entre finales de los años ochenta y principios de los años noventa del siglo XX, descubrí que tres de esos supuestos sonorenses eran en realidad bajacalifornianos trasterrados que, deseando estudiar en el campo de las humanidades, pero sin que sus familias los quisieran mandar hasta Guadalajara o la ciudad de México, se habían convertido en hermosillenses por adopción personal. Eran Antonio Villa, Raúl Acevedo Savín y Beatriz Aldaco. El primero, Villa, había nacido en 1946 en Mexicali y era el experto en literatura regional, a la vez que ya destacaba como cuentista. En la famosa antología Cuéntame uno (1985) de Gerardo Cornejo, aparecían algunos de sus relatos urbanos, breves, llenos de sutilezas narrativas. Antonio había estudiado Literatura en Letras Hispánicas en la Unison y la maestría en Literatura Hispanoamericana en la UNAM. Era callado, lúcido, lleno de conocimientos esenciales sobre la vida literaria. Lamentablemente murió joven, en 2001. Raúl Acevedo Savín había nacido en la isla de Cedros en 1959 y luego de vivir en Ensenada, se trasladó a Hermosillo para estudiar la licenciatura en Letras en la Escuela de Altos Estudios de la Unison. Era cuentista, como Villa, pero practicaba también la poesía en verso libre. Su literatura era fresca, cruda, hecha de vidas al margen de la sociedad. Luego fue uno de los organizadores del encuentro internacional de Escritores Horas de Junio. Raúl ha publicado novelas, poemarios y libros de cuentos. Beatriz nació en Ensenada en 1962. Cuando la conocí era la investigadora que estaba al tanto de las últimas novedades de la literatura nacional y que leía, con escepticismo, eso que ya entonces se le llamaba la literatura fronteriza. Le interesaba el género novelístico y las mujeres escritoras. Había estudiado, como Villa y Acevedo, la licenciatura en Letras y había hecho la maestría en Historia por la UNAM. En los coloquios todos suspiraban por ella. Era inteligente y perspicaz. Pronto se volvió una experta en la literatura de Sonora, de la que ha escrito con tino y abundancia, publicando incluso una antología imprescindible para conocer las letras sonorenses en sus mejores textos.

Estos tres bajacalifornianos ofrecieron su vida y su trabajo a Sonora, su estado adoptivo, profundizando en su cultura, su literatura y su historia. Los tres son vasos comunicantes, puentes magníficos entre Baja California y su lugar de residencia. ¿Para qué decir más?

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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