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Columnas

Parteaguas

La vida se hace monótona cuando no sucede algo relevante. Sobreviene una rutina perniciosa que nos transforma en hoja seca a merced de la corriente.7

Por Alberto Tapia

La vida se hace monótona cuando no sucede algo relevante. Sobreviene una rutina perniciosa que nos transforma en hoja seca a merced de la corriente, dando tumbos sin la certeza de puerto seguro. La humanidad ha tenido períodos de Paz chicha, donde el costumbrismo aletarga el organismo y sus sentidos, cual gacela de zoológico que sabe que una fosa infranqueable la separa del otrora temido león que tiene a la vista. Y ese monótono nunca nos ha sido favorable, engendra conformismo del que sacan ventaja sólo algunos y en la quietud de la vida, siempre son más los que pierden de los que ganan.

Cada generación, más bien grupo de generaciones de humanos, ha visto romperse su monótono. La de mis padres e igual la de muchos ecológicos lectores, tuvieron un parteaguas en sus vidas que los marcó para siempre. El fenómeno de la migración tuvo por necesidad que haber sido traumante. Tener que dejar el terruño, por el motivo que fuere, viajar lejos de él hasta encontrar un nuevo sitio digno de llamarse hogar, no fue sencillo y mucho menos signo seguro de progreso. Y lo pongo de ejemplo porque el Norte bajacaliforniano se pobló a base de migrantes.

Mi generación que parecía navegar en las aguas tranquilas de la posguerra, sufrió una sacudida que aunque lejana, cambió nuestras vidas para siempre. El derribo del World Trade Center por terroristas marcó un antes y un después en materia de seguridad. Aduanas y aeropuertos evolucionaron a un nuevo estadio que antes del 11 de septiembre de 2001 ni siquiera imaginábamos. Las medidas de seguridad a raíz de ese acto criminal se han quedado hasta ahora, después de 19 años. Fue un parteaguas tan marcado que es imborrable en la memoria humana. 

Creí que si no sufríamos una tercera guerra mundial, mi generación moriría con ese solo parteaguas, esa cicatriz imborrable en la piel de la Historia. Recientemente, hasta el 31 de diciembre de 2019, estaba seguro que si hacíamos contacto con otras culturas o simples formas de vida fuera de esta hermosa canica azul, nos despediríamos de este Mundo con un espíritu muy tranquilo. Pero no ha sido así. Intempestivamente aparece el enemigo invisible dispuesto a dejarnos, en el mejor de los casos, otra cicatriz imborrable; y en el peor, sumarnos a su fatídica estadística.

La pandemia es ya el nuevo parteaguas de la actual humanidad. Pero como estamos en medio de ella, aún desconocemos la magnitud de su huella. Y esa cicatriz va a depender del daño que nos haga, a nuestro organismo, a nuestros seres queridos, a nuestros amigos, a la humanidad entera. Pero no somos robots, somos organismos pensantes que respondemos a los estímulos del entorno como todo organismo vivo, como el virus mismo. Su amenaza nos hará evolucionar orgánicamente, creando anticuerpos contra él, y eso ni siquiera tenemos que pedirlo, es automático, es la respuesta en aras de la sobrevivencia.

Pero todo lo demás, debemos hacerlo nosotros, como ¡quedarse en casa!

*- El autor es investigador ambiental independiente.

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