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Nuestros Muertos

Regularmente mis muertos son tema recurrente en mis colaboraciones del mes de noviembre; todos tenemos nuestros muertos que nos acompañan en nuestros recuerdos.

Por Francisco J. Fiorentini Cañedo

“Somos lo que Hacemos”.

Regularmente mis muertos son tema recurrente en mis colaboraciones del mes de noviembre; todos tenemos nuestros muertos que nos acompañan en nuestros recuerdos, reconozco que algunos están más vivos que otros. Bienvenido a éste Camelot que sin pretender ser panteón de alguien ha decidido abrir sus puertas a usted y todos sus vivos. Yo a mis muertos los tengo muy vivos, me aterra despertar un día y darme cuenta que ya no viven más en mí, es que no hay muerte más grande que la que llega con el olvido, es esa la muerte más muerte.

A mis 52 años la posibilidad de mi ausencia física empieza a ser cada vez más certera, desde hace meses ronda en mi un sentimiento nuevo, reconozco no un temor, pero si el pesar de que en algún momento, más cercano que antes, seré el muerto de mis vivos más queridos, de Ale, de Isa, de Francisco y de mis hermanos; espero nunca serlo de mi madre, sé que también lo seré para algunos amigos que se han convertido en hermanos por elección; espero que cuando ella llegue sea generosa y se presente sin más dolor que la sorpresa súbita de reconocer que ha llegado para quedarse; es que aunque a la muerte no la escoge uno, a menos que decida llamarla por mano propia, hay veces que llega a liberar al enfermo de una prolongada agonía y que por lo mismo uno termina agradeciendo que haya llegado.

Mis muertos más entrañables iniciaron con la partida de David Felipe Gutierrez quien en vida le escribió a la muerte al gunos de los versos más hermosos que he leído, tal vez por ello llegó para levárselo a sus 40 años cumplidos, los mismos que tenía mi querido Pancho Méndez cuando un puto cáncer imbécil y cabrón decidió arrebatárnoslo a Ivonne, a sus hijos, a sus padres, hermanos y a todos los que tanto lo quisimos.

Descubrí lo que es morir con la dignidad de quien se sabe preparado para ello cuando la abuela Natalia se fue un 14 de febrero justo después de haberse despedido de su queridísimo Jorge, mi hermano, quien 28 años después volvió a acariciar su pelo el día que se tuvo que exhumar sus restos, créame, pocas escenas de un amor tan grande he podido ver en toda mi vida.

La muerte de mi padre llegó una fría mañana de diciembre después de una inmerecida agonía de la mano de Monseñor Güizar y Valencia, pues fue así como mi hermana Zarina describió su partida al verlos caminar juntos fuera del hospital justo cuando mi padre moría; ojalá todos tengamos quien guie nuestros pasos para que el camino a recorrer esté siempre iluminado, yo espero que el mío, cuando me toque andarlo, sea guiado por Emiliano, mi hermoso guerrero que abrió sus alas y voló para no sufrir más y enseñarnos que a veces la muerte llega con la sonrisa más hermosa y profunda que uno nunca tendrá palabras para describir ni memoria para olvidar.

Yo lo que quiero es que mis muertos no se mueran más, que vivan siempre conmigo hasta el día que me toque a mi partir y que cuando esto suceda yo puede vivir en el recuerdo de mis vivos para así nunca morir.

* El autor es empresario y ex dirigente de Coparmex Mexicali.

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