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A lo largo -y ahora a lo ancho- de mi vida he recibido muchos dones.

Por Armando Fuentes Aguirre

A lo largo -y ahora a lo ancho- de mi vida he recibido muchos dones. Uno de ellos me llegó súbitamente el miércoles pasado.

He aquí que fui al Hotel Ancira, de Monterrey, en compañía de un empresario regiomontano a quien admiro por su talento y laboriosidad, pero sobre todo por su extraordinaria calidad humana. Es un filántropo que en forma silenciosa hace el bien a mucha gente. Además juega como campeón al dominó, y es un brillante narrador de cuentos. Me tiene prohibido dar a conocer su nombre, pero algún día lo diré. Estar en el Ancira es encontrarse en un ambiente de refinada elegancia y tradición.

Tiene una escalinata digna de un palacio. Por ella han descendido las novias y quinceañeras de varias generaciones regias. Mi amigo y yo tomábamos café cuando de pronto oímos voces infantiles que cantaban villancicos navideños. Fuimos a oírlos. Toda la gente que ahí estaba hizo lo mismo.

Eran los Niños Cantores de Monterrey, dirigidos por el talentoso maestro Ricardo Osuna Cuadros. Aquello fue un bellísimo concierto que nos llenó de Navidad a quienes tuvimos la fortuna de escucharlo. Agradezco ese inesperado regalo a los pequeños cantores, al maestro Osuna, a mi amigo el empresario, al Ancira, a Monterrey y finalmente, pero no al final, a la vida. ¡Hasta mañana!...

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