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Columnas

Migraciones y reacciones

Escribir sobre el país de uno sucede a diario. Hay tantos motivos de queja, tantas cosas que están mal, tantos abusos visibles desde cualquier punto de vista. Plasmar tu realidad en sus claroscuros se resuelve, por lo común, con la escritura de una crónica periodística, un artículo de opinión o un relato tremendista, para mencionar los textos más obvios.

Por Gabriel Trujillo

Escribir sobre el país de uno sucede a diario. Hay tantos motivos de queja, tantas cosas que están mal, tantos abusos visibles desde cualquier punto de vista. Plasmar tu realidad en sus claroscuros se resuelve, por lo común, con la escritura de una crónica periodística, un artículo de opinión o un relato tremendista, para mencionar los textos más obvios. ¿Y qué pasa cuando la realidad que te impacta es un río de gente que atraviesa tu ciudad, que llega con sus propios problemas, que se convierte en un conflicto? Como en la época de la Segunda Guerra Mundial, los migrantes son los judíos del siglo XXI: nadie los quiere, todos les ponen trabas, son el centro de odios y condenas por aquellos que muestran su racismo a la menor provocación.

Si pensamos en fronteras pensamos en gente que las cruza como puede, en vidas que se pierden en las estadísticas oficiales. Las fronteras son el punto en carne viva de una sociedad. La señal de que algo no funciona. El símbolo de un dolor que nunca cesa de peregrinar. Las fronteras son una encrucijada. Si llegas a ellas debes tomar una decisión vital, debes elegir entre quedarte para siempre o marcharte de inmediato. Aquí no hay medias tintas. En estas soledades o eres fronterizo o eres ave de paso. No hay otro destino. No hay otra opción. A las fronteras les gustan las lejanías, las distancias, el horizonte llano que se extiende hasta perderse en el infinito. Eso, sin duda, les fascina: los paisajes que no les pertenecen, los horizontes que nunca serán suyos porque hay un muro que se los impide, un cerco de alambre que los limita.

El migrante es una figura polémica: concita la animadversión de los nacionalistas, provoca debates políticos por donde pasa. El migrante es centro de odios, ejemplo de expectativas que no se cumplen. Se le ama o se le odia sin medias tintas. Es visto como problema o como oportunidad. Un ser incómodo. Un extraño. Un delincuente. Se desconfía de su conducta. Se recela de sus intenciones. El migrante es un test psicológico en marcha: adonde quiera que acude la gente reacciona a su presencia: lo señala, lo acusa, se burla de su forma de hablar o de vestir, de sus creencias y costumbres. “No es como nosotros ni nunca lo será”. Las murmuraciones lo siguen. Las miradas de reproche lo acompañan. El migrante vive a la sombra del país en que reside: trabaja sin descanso, perdura donde nadie más lo hace. Su sino es la resistencia tenaz a prueba de rencores y desprecios. Criatura que quiere ser invisible pero no lo es. Las injurias lo fortalecen. Los insultos lo animan. “No soy como ustedes ni nunca lo seré”.

Tiene razón Donald Trump: la inmigración es un privilegio. Pero para el país que la recibe, para la sociedad que la arropa. Cerrarle las puertas, convertirla en un crimen, sólo la reduce a un asunto policiaco cuando en realidad es un asunto político, humano, de elemental justicia para el que la vive, para el que recurre a ella como simple salvación personal.

El migrante es el esclavo de nuestro tiempo: el que trabaja en una sociedad ajena para apenas sobrevivir, el que mantiene con su invisibilidad el sistema laboral. El migrante da más de lo que recibe. ¿Y qué recibe? El odio de los racistas. El desprecio de los nativos.

El migrante es el blanco fácil de los políticos demagogos. Es el villano de los que no quieren que nada cambie, de los que añoran la uniformidad campante. Pero el mundo avanza gracias a las diferencias, a las disparidades. Su fuerza radica en la diversidad de las culturas que le dan vida. Hoy cada país es muchas naciones. Hoy el mestizaje es el impulso creativo por excelencia.

Las fronteras no son zonas de guerra: son zonas libres para que personas e ideas, sociedades y culturas se conozcan, trabajen juntas, se den la mano para mutuo beneficio. Convertirlas en muros infranqueables es dar rienda suelta al monstruo de la pureza nacional, al demonio del aislacionismo arrogante. La vida fronteriza te enseña que al otro lado no está el paraíso: sólo reside una versión distinta de nosotros mismos. Una cultura con la que podemos convivir en las buenas y en las malas. No mejor que la nuestra. No peor.

Nunca digas por esta frontera no pasaré.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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