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Columnas

México: una palabra que nos pronuncia a todos

Las animosidades de nuestra era ya no provienen de las grandes causas de la civilización: la libertad, la igualdad, la justicia, por más que todavía se luche por ellas en algunas zonas del mundo.

Por Gabriel Trujillo

Las animosidades de nuestra era ya no provienen de las grandes causas de la civilización: la libertad, la igualdad, la justicia, por más que todavía se luche por ellas en algunas zonas del mundo, en ciertos sectores sociales. Las animosidades actuales se dan por conceptos tan banales como la fama y el prestigio, la celebridad y sus seguidores, el espectáculo y sus fanáticos, el me gusta o no me gusta. Nuestra era es la era del espejo perpetuo, de la imagen multiplicada, del individuo que sólo tiene tiempo para sí mismo y hasta ahí llega su mayor compromiso.

El individualismo funciona perfectamente si reducimos las prácticas sociales a comprar y vender, al comercio indiscriminado. Bajo tal premisa, ya no somos ciudadanos exigiendo nuestros derechos sino clientes que pagan por un producto (cierto partido político, por ejemplo) o por un servicio (que antes era dado por el Estado y ahora pagamos a la iniciativa privada en su espiral de aumentos). Hemos declinado muchas de nuestras responsabilidades ciudadanas para volvernos consumidores compulsivos, espectadores de un entretenimiento de pan y circo a nuestras expensas.

Como los viejos magos, los políticos de nuestra época buscan hipnotizarnos con su cantinela de obediencia a sus órdenes. Como los payasos de circo, los políticos de hoy se burlan de nosotros en público con promesas falsas, obras inconclusas, mayores impuestos y mentiras que ya ni siquiera se disfrazan de verdades. Mientras ellos y ellas gozan de sus prerrogativas y privilegios, lo que le suceda a nuestro país poco les importa. Primero yo y mis negocios y después mis negocios y yo, parece ser su lema de bandidaje con el sello oficial en la mano.

Por eso el hartazgo comunitario ante un sistema que no funciona excepto para los poderosos, que da impunidad eterna a quien puede comprarla, que sólo ofrece más de lo mismo sin dar soluciones verdaderas a los problemas que se acumulan, a los conflictos que se enconan en el corazón de nuestra sociedad. Pareciera que la clase política mexicana nada de pechito: tratando de mantenerse a flote con el menor esfuerzo posible, pero sin avanzar en realidad, sin ninguna meta a la vista, sin ningún propósito que vaya más allá de sus propio beneficio.

¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI, con tantos millones de habitantes como los que hoy tenemos, con una población que está mejor educada que la del siglo pasado, que tiene mejor instrumentos para conocer nuestras carencias y nuestras fortalezas, nuestra nación no sea capaz de encontrar un estadista conciliador, original, inventivo, ya no de la talla de Benito Juárez o Lázaro Cárdenas, sino de Venustiano Carranza, de Francisco I. Madero? ¿Dónde están los intelectuales aguerridos, llenos de proyectos factibles para cambiar el rumbo de nuestro país por el bien común, como los Guillermo Prieto, los Manuel Altamirano, los José Vasconcelos, los Agustín Yáñez?

Veo demasiados emprendedores para su propio beneficio y una falta enorme de promotores de una nueva sociedad nacional, una que sea menos codiciosa, mezquina, ciega frente al dolor de los demás, frente a las injusticias que nos cargamos. Cada día que pasa, los mexicanos parecemos más aislados, más separados entre nosotros, menos capaces de hacer un frente colectivo para salir adelante, para hallar la solución de nuestros problemas, para encontrar la vía pacífica a nuestros inútiles derramamientos de sangre. Es tiempo de cambiar lo que no sirve, lo que nos hiere, lo que nos desgarra, lo que sólo funciona para beneficio de unos cuantos.

Hoy en día lo único que nos une es el odio feroz para los que no son como uno, el rencor social, la ambición desmedida. No podemos seguir luchando contra la desigualdad sólo pensando en fomentar nuestras viejas divisiones (ricos y pobres, campo y ciudad, indios y mestizos, nacionalistas y cosmopolitas, centro y periferia). No podemos continuar luchando por la justicia tratando de imponerla a rajatabla, sin escuchar a las víctimas, sin atender a los que han sufrido los abusos del poder, las negligencias de la ley. Claro, podemos seguir haciéndonos que no oímos el clamor de tantos frente a la buena vida de unos pocos. Pero eso sólo lleva a explosiones de ira, a violencia en auge. Es hora de escucharnos sin cortapisas, sin agendas políticas, sin intereses particulares. Mucho está en juego ahora y aquí.

Porque pensándolo bien, México es una palabra que nos pronuncia a todos, una idea que nos anima a ser mejores.

¿A poco no?

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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