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Matrimonio igualitario. La naturaleza no secambia por decreto

Siempre procuro no hacer tan polémicas mis intervenciones, pero hay veces que mi lógica me obliga a hablar de algo que se que no les gustará a muchos, pero que es necesario decir.

Por Rafael Liceaga

Siempre procuro no hacer tan polémicas mis intervenciones, pero hay veces que mi lógica me obliga a hablar de algo que se que no les gustará a muchos, pero que es necesario decir. Es el caso del matrimonio igualitario que se acaba de aprobar en Baja California, matrimonio entre personas del mismo sexo.

La sociedad, formada por individuos, se crea por la unión de personas que conviven en diferentes lugares. Esas personas, todas, vienen de la procreación. Es decir, de la unión de un hombre y una mujer. A esa unión se le ha denominado siempre, matrimonio. No hay otra forma de procrear Seres Humanos, si no es bajo la unión de un hombre y una mujer. Esto no se puede cambiar por decreto porque es una ley de la naturaleza.

De los individuos que estamos hablando, que somos toda la raza humana, tenemos que son libres de hacer lo que deseen, mientras no hagan daño a terceras personas ni infrinjan las leyes establecidas por las mismas comunidades. Pero hacer lo que vulgarmente se conoce como “lo que se nos pegue la gana”, no siempre es posible. Nadie puede echarse al mar y no mojarse. Nadie puede ni debe asesinar a su prójimo. No se puede dejar de comer y sobrevivir. Son cosas naturales que la lógica y el sentido común nos imponen.

Ahora que aprueban que se pueden unir en matrimonio personas del mismo sexo, surgirán muchos cuestionamientos. Claro que cada cual puede vivir con quien quiera. Claro que hay libertades. Pero elevar esas ciertas libertades a rangos de ley, a veces es medio atrevido. Me refiero a que podrían haberle llamado de cualquier otra forma a esa unión civil, que de hecho están contempladas. Pero no debería de llamarse matrimonio a quienes no se unen para crear familias. Y antes de que se me anticipen, diré que peor aún será darles derechos a esos “igualitarios” a adoptar. Y peor aún, sin la aprobación del adoptado. Si se le hace a usted “tonto” que un bebé pueda decidir ser adoptado o no, entonces estará usted de acuerdo en que esa adopción no puede llevarse a cabo sin el consentimiento del adoptado. Pero bueno, por eso hablé de que esta entrega sería polémica.

Espiritualmente, cuando hablamos de los fines del matrimonio, nos referimos a sus fines en cuanto institución natural, es decir a sus fines objetivos (naturales). Dichos fines naturales son: La generación de la prole (y su educación); y el bien mutuo de los cónyuges. Los fines del matrimonio surgen de los deberes conyugales y son: amor, procreación, educación de los hijos, fidelidad, vida en común, asistencia y bienestar entre sus miembros. Y la religión agrega la “gracia santificante”, que es el don habitual por el cual Dios nos hace participar de su vida divina y amistad, es una disposición estable y sobrenatural que permite al alma vivir con Dios y actuar como copartícipes del destino que tenemos en esta vida y el más allá.

* El autor es asesor administrativo, presidente de Tijuana Opina y coordinador de Tijuana en Movimiento.

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