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Lozoya: como anillo al dedo

El presidente Andrés Manuel López Obrador tiene en sus manos un caso que, para usar una expresión suya, le cayó como anillo al dedo, como es el de Emilio Lozoya, en un momento en que la economía mexicana está cayendo a los peores niveles históricos y arrojará a cientos y miles de personas al desempleo durante casi todo este sexenio, si no es que más.

Por Benedicto Ruíz Vargas

El presidente Andrés Manuel López Obrador tiene en sus manos un caso que, para usar una expresión suya, le cayó como anillo al dedo, como es el de Emilio Lozoya, en un momento en que la economía mexicana está cayendo a los peores niveles históricos y arrojará a cientos y miles de personas al desempleo durante casi todo este sexenio, si no es que más.

El caso de Lozoya, ex director de Pemex en el gobierno anterior, llega justo en el momento en que el país se empieza descomponer y todos los rezagos y problemas irresueltos por años o décadas pasadas se empiezan a concentrar, muchos potenciados en el marco de la pandemia por el coronavirus pero otros por las políticas erráticas del actual gobierno.

Porque, por lo que se ha visto hasta ahora, Lozoya no va a ser sometido a un juicio riguroso o a un “debido proceso” como se esperaría, sino más bien va a ser usado para concentrar la atención en otro punto, pero sobre todo para “ventilar” (literalmente) un caso de corrupción que atañe o involucra a personajes del antiguo régimen, ya sean del PRI o del PAN.

Si bien Lozoya es señalado por recibir sobornos de la empresa Odebrecht por un monto de 10.5 millones de dólares con el objetivo de obtener a cambio contratos en obra pública, lo que realmente le interesa al gobierno de López Obrador es poner en evidencia, a través de Lozoya, dos hechos simbólicos de la corrupción endémica en México: La legendaria corrupción en Pemex y el uso de muchos de estos recursos en las campañas políticas.

No es que en estos dos puntos se agote la corrupción en nuestro país, desde luego, pero la simbolizan perfectamente, representando las principales denuncias y demandas que los partidos de oposición han venido haciendo desde hace años, pero especialmente y a la cabeza de todos López Obrador desde tiempos remotos.

Pemex, la empresa paraestatal mexicana por excelencia, saqueada y ordeñada sistemáticamente por una clase política rapaz, creando este círculo vicioso (¿o virtuoso?) que le ha permitido a ésta última sostenerse por muchos años en el poder.

El caso es central para AMLO, porque a estas alturas de la situación del país la 4T está desfondada y lo único en donde se puede mostrar un cambio es precisamente en el ámbito de la corrupción. Pero el combate a la corrupción para López Obrador no consiste en emprender juicios contra los gobiernos anteriores, o contra personajes centrales, sino en exhibirlos, ponerlos a la luz del día, desmenuzar sus vínculos y sus redes de complicidad.

Lozoya servirá para eso porque en el fondo la visión de López Obrador sobre la corrupción es moral, y lo que busca desde su perspectiva es más bien “regenerar” la vida pública, al tiempo que frente a la inmensa mayoría de la población o frente al “pueblo bueno” queda como un individuo que hace justicia desde el poder, que es una de las promesas centrales de López Obrador.

No hay forma de asegurarlo, pero es posible que para AMLO, sobre todo en un contexto en que los proyectos empiezan a naufragar, lo más relevante de su gobierno y de la 4T sea todo esto que se puede hacer en el campo de la corrupción, y sobre todo de la corrupción entre la clase política.

El caso de Lozoya puede servirle a López Obrador para derrumbar ese muro infranqueable que se construyó en el imaginario popular de los mexicanos en términos de que ningún gobierno o ningún presidente podían combatir la corrupción y meter presos a los responsables, como le prometían en cada elección.

Sin embargo, el problema es que entre más mediático se haga el juicio y entre más se prolongue y no se obtenga nada relevante, como parece que va a suceder, el caso va a ir perdiendo fuerza y la gente tendrá que verse obligada a lidiar con sus problemas provocados por la pandemia y la crisis económica del país.

Se ha visto en todas partes. Los casos como el de Lozoya sacuden a la opinión pública y mantienen en vilo a la población por un tiempo, pero en general son casos que pronto se apagan porque casi siempre no hay pruebas para sostener las acusaciones y enjuiciar a los responsables.

Aquí ya hay visos de que esto va a suceder. Lozoya no va a pisar la cárcel y es muy probable que ningún otro personaje prominente e involucrado en las redes de corrupción alcance a estar detrás de las rejas. Lozoya suelta la sopa pero, ¿tiene pruebas sobre los otros involucrados o sólo intenta salvarse?

¿El caso podrá salvar a Morena de una derrota en 2021? No totalmente, por lo menos.

* El autor es analista político.

 

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