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Columnas

Las mudanzas

Cada que inicio una nueva mudanza, me voy desprendiendo de cosas que en su momento fueron valiosas en un pasado.

Por Beatriz Limón

Cada que inicio una nueva mudanza, me voy desprendiendo de cosas que en su momento fueron valiosas en un pasado. Pero este ejercicio de dejar ir, es tan sano, como soltar las amarras de un pesado buque cargado de incensarías memorias.

Mi primera mudanza fue a los 14 años, lo hice junto a mi madre, así que la elección de lo que llevaría a mi nueva y pequeña casa no fue tan caótica. Todo se redujo a ropa, zapatos, peluches, libros, fotos y un diario polvoriento y algo olvidado.

Mi segunda mudanza fue cuando cumplía mis 30 años, me instalaba en mi propia casa. En ese entonces quería llevarme a montones los recuerdos que tenía acumulados. Todo se valía: cuadros, fotos, vajillas, cortinas, muebles, libros, trabajaos universitarios, recortes de periódicos, tarjetas con dedicatoria, y mucha por no decir demasiada ropa.

Mi tercer cambio se dio cuando me fui a radicar a Calexico, California. Debido al cruce fronterizo, tuve que desprenderme de varias pertenencias. No por decisión, sino por requisito. Así que de acuerdo a mis intereses, llevé solo lo necesario, aunque me excedí en lo que consideraban más preciado, me refiero a que un arsenal de mi pasado aun me acompañaba.

La cosa se puso más complicada cuando requerí cambiar mí residencia a Arizona. Aun así, me las ingenie, y logreé en tres viajes traer la mayor parte de muebles y pertenencias posibles.

Después de tres años de vivir en Arizona, mi madre perdió la lucha contra el cáncer, lo que cimbró mi vida. Comprendí que el equipaje entre más ligero, es más acertado. Así que fui soltando y soltando.

Reciéntenme vi la extraordinaria película de “Nomadland”, que narra la historia de Fern (interpretada por Frances McDormand), una mujer de mediana edad que vive en una furgoneta, en parte por elección y en otra parte por las circunstancias.

Como a ella, la lenta muerte de su esposo, así como la de mi madre, fueron puntos de inflexión para decisiones trascendentes.

Se convirtió en una mujer que decidió dejar su vida en una bodega, tomar una casa móvil y recorrer Arizona. Vivir al día, con trabajos temporales, pero sin apegos, sin lastres, sin yugos. Aunque puedas ser criticada por decidir experimentar una travesía por el oeste estadounidense sin un destino en particular y viviendo en una casa móvil, es lo más lógico que he comprendido en este tiempo de mi vida.

El vivir el día a día, sin afecciones, con pocas relaciones y aún menos posesiones te da esa certeza de libertad y crea una sensación que reduce nuestro entorno a lo esencial y lo más sentimental.

“Nomadland” después de ser reconocida como la película del 2020, me deja un maravilloso sabor de boca, porque me identificó Fer, y me imagino viajando libre en una furgoneta por el cálido desierto de Arizona.

Mi última mudanza fue en mayo pasado. Empecé una nueva vida al lado de mi pareja. Vendí todas mis pertenencias por internet en un día.

Solo conserve un cuadro de mi madre, un plato de cerámica de mi abuela, un portarretratos con la foto de mis sobrinos, y el corazón hinchado de emoción por empezar de nuevo.

Iniciar libre…ligera…etérea.

* La autora es corresponsal de la Agencia Internacional de Noticias Efe en Nuevo México y Arizona.

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