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Las imágenes que nos dejaron los casinos

Si uno se sitúa en la Baja California de hace noventa, cien años, lo primero que salta a la vista es que nuestra entidad es el destino turístico por excelencia y eso se ve reflejado en las artes plásticas que aquí se realizaron para atraer a los visitantes extranjeros, como es la decoración del casino de Agua Caliente en Tijuana.

Por Gabriel Trujillo

Si uno se sitúa en la Baja California de hace noventa, cien años, lo primero que salta a la vista es que nuestra entidad es el destino turístico por excelencia y eso se ve reflejado en las artes plásticas que aquí se realizaron para atraer a los visitantes extranjeros, como es la decoración del casino de Agua Caliente en Tijuana, del hotel Riviera del Pacífico en Ensenada y del hotel Rosarito en el poblado del mismo nombre. Contamos, para entender la atmósfera del momento, en una frontera donde el turismo es el ídolo que se adora porque mantiene la marcha de la economía. Son los locos años veinte, la era del jazz y el automóvil, la época del cine mudo y el fox trot. Las pinturas que adornaban sus paredes describían igualmente escenas hispanas, mexicanas y europeas, en estilos que iban del realismo al impresionismo, del romanticismo al expresionismo. En la mayoría de estas escenas la figura femenina era el centro de atracción, la imagen idealizada de una diosa a la vez deseada y deseante, junto con la escena pastoral a la mexicana, con muchachas en trajes típicos exponiendo una belleza estilizada.

Por su parte, Ensenada tuvo en 1930 su Hotel Casino Playa, más tarde conocido como el “Riviera del Pacífico”, creando en su interior todo un patrimonio artístico que incluía esculturas con motivos indigenistas, pinturas del modernismo latinoamericano, objetos de art novean y art deco, entre ellas una buena parte de la obra de Alfredo Ramos Martínez (1871-1946). Un arte decorativo con motivos mexicanos que, en el caso de Baja California, mostraba el mundo nuestro sin conflictos ni declaraciones políticas, una pintura para adornar negocios, casinos y oficinas. En sus pinturas surge una gama cromática  que deslumbra por su equilibrio de formas, por la afabilidad de su discurso, por su erotismo encantador.

Por eso es lamentable que tanto en el casino de Agua Caliente en Tijuana como en el Hotel Casino Playa de Ensenada, muchas de las obras plásticas de Ramos Martínez acabaran en el basurero, fueran vendidas o regaladas por los políticos en turno a sus amistades cuando estos negocios cayeron en desgracia, perdiéndose así un valioso patrimonio artístico para nuestra entidad. Tal vez las obras decorativas que mejor se han conservado son las del hotel Rosarito, donde en 1937 se le encomendó la decoración artística interior al pintor Matías Santoyo, cuyos murales aún se aprecian y son retratos vivaces de mascotas y mujeres glamorosas de aquella época. A diferencia de Ramos Martínez, Santoyo fue un muralista de la generación de Diego Rivera, compañero de artistas como Carmen Mondragón y Jean Charlot, pero quien siguió pintando tipos mexicanos para turistas ricos. En este sentido, otra obra mural importante de la primera mitad del siglo XX fue la que llevara a cabo Matías Santoyo, en el edificio de la empresa Colorado River Land Company en Mexicali. El edificio fue construido en 1924 y su arquitectura habla de un edificio funcional y sencillo, que busca pasar por una mezcla de hacienda mexicana rústica con elementos decorativos de la arquitectura misional californiana al estilo de la orden franciscana.

Por otra parte, la Colorado River Land Company, como la empresa eje del desarrollo económico y social del valle de Mexicali, no sólo se preocupó por obtener ganancias exorbitantes con el monocultivo algodonero. En 1936, los dueños de la empresa comisionaron a Matías Santoyo para que crearan un mural que festejara la visión bucólica que la propia compañía tenía de sí misma y no el monopolio extranjero que imponía su ley en pleno territorio nacional, que contaba con guardias blancas para detener las protestas de los campesinos mexicanos. El mural, pintado en las paredes del pasillo interior del segundo piso del edificio central de la empresa, retrataba un paisaje de charros, ingenieros agrícolas y muchachas campesinas viviendo y trabajando felices en pro del progreso regional y con un cierto aire campirano al estilo del cine de oro mexicano.

Tal era el arte mural de nuestra entidad en la era de los casinos: arte comercial de principio a fin. Feliz y orgulloso de vender en público su mercancía de sueños de placer, de anhelos de ocio. Un mundo de mentiritas para los turistas que pagaban con el verde espejismo de los dólares.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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