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Columnas

La semana mayor

Con el día de ayer, Domingo de Ramos, llegamos a la puerta de la Semana Santa, esta vez en un año tan problemático como difícil e inexplicable.

Por Anita B. de Ochoa

Con el día de ayer, Domingo de Ramos, llegamos a la puerta de la Semana Santa, esta vez en un año tan problemático como difícil e inexplicable, que cobra su mayor sentido en lo que vamos a vivir en esta semana, el sufrimiento la muerte y Resurrección de Jesús, solo por su infinito Amor, a ti a mí y a todos los hombres.

No se ha visto ni se verá jamás algo igual, algo tan universal, de tanta plenitud: La entrega generosa y amorosa de Jesús al Padre, que, sin haber nunca pecado, cargó en sus espaldas todo el mal, los pecados de todos los hombres para salvarnos.

Hace tiempo un grupo de científicos dieron a conocer “La muerte científica de Jesús” para enterarnos que no fueron los latigazos, burlas y escupitajos lo más terrible, sino su muerte en la Cruz. Así lo documentaron:

A los 33 años, Jesús fue azotado y condenado a muerte. La “peor” muerte de la época. Solo los peores criminales murieron como Jesús. Y con Jesús todavía fue peor, porque no todos los condenados a aquel castigo, recibieron clavos en sus miembros. Si, fueron clavos…y ¡de los grandes! Cada uno medía de 15 a 20cm. con punta de 6 cm. que eran clavados en las muñecas y no en las manos como se cree. En la muñeca hay un tendón que llega al hombro, y cuando los clavos fueron martillados, ese tendón se rompió obligando a Jesús a forzar todos los músculos de su espalda para poder respirar, ya que, al tener sus muñecas clavadas, perdía todo el aire de sus pulmones.

De esta forma, era obligado a apoyarse en el clavo metido en sus pies que todavía era más grande que el de sus manos, porque clavaban los dos pies juntos. Y como sus pies no aguantarían mucho tiempo sin rasgarse, Jesús era obligado a alternar ese “ciclo”, simplemente para lograr respirar.

Jesús resistió esa situación por poco más de tres horas. Si, más de tres horas de agonía. Algunos minutos antes de morir Jesús ya no sangraba más, solo le salía agua de sus cortes y heridas. Cuando lo imaginamos herido, pensamos en simples heridas, pero no; las de Él eran verdaderos agujeros en su cuerpo, hechos por los latigazos que recibió. Los látigos tenían en la punta un fierro que laceraba la carne provocando abundante sangrado.

El cuerpo de un adulto contiene 3.5 litros de sangre. Jesús derramó hasta su última gota. Todo esto sin mencionar la humillación y el dolor al cargar su Cruz de 30 kilos por casi dos kilómetros, mientras la multitud le escupía, se burlaba, le tiraba piedras.

Todo esto pasó Jesús solo para que tú y yo tengamos libre el acceso a Dios. Para que tengas todos tus pecados lavados. ¡Todos ellos sin excepción! El murió por ti. No creas que solo murió por aquellos que van a la Iglesia, por los curas, monjas, pastores y obispos, también murió por ti.

Ojalá que esta semana, dondequiera que nos encontremos, tengamos un pensamiento de amor y gratitud a Aquel que nos ha dado en la Cruz su mayor prueba de Amor, al morir y resucitar para darnos vida eterna.

* La autora es consejera familia

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