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La medicina y sus enseñanzas

Estudié la carrera de medicina entre 1975 y 1981 en la Perla de Occidente. Nunca más he vuelto a ver, desde que terminé la universidad, a mis compañeros de carrera.

Por Gabriel Trujillo

Estudié la carrera de medicina entre 1975 y 1981 en la Perla de Occidente. Nunca más he vuelto a ver, desde que terminé la universidad, a mis compañeros de carrera. Nunca más regresé a la Universidad Autónoma de Guadalajara una vez que tramité mi título. Pero los últimos días de clases tuvieron una atmósfera de festiva melancolía. De más de 500 que éramos en primer semestre, menos de una cuarta parte terminamos la carrera de medicina. Éramos una representación de México entero. Jóvenes provenientes de casi todos los estados, de todos los rumbos de nuestra nación, habíamos convivido por cuatro años en circunstancias anormalmente angustiantes, leyendo libros de 500 a 600 páginas por semana, yendo a curar personas en los lugares más inaccesibles de Jalisco, aprendiéndolo todo y practicándolo todo a expensas de enfermos que nos veían como su última esperanza y que muchas veces, por casualidad o por pura terquedad, logramos salvarlos de la muerte. Lo importante es que habíamos sobrevivido. ¿Qué pasó con mis compañeros de generación? Una buena parte se fueron a estudiar alguna especialidad en México. Al menos una docena murió durante el terremoto del 19 de septiembre de 1985, en la capital de nuestro país. Murieron entre los escombros tanto del hospital donde estudiaban la especialidad de su gusto como del edificio de residentes, donde vivían.
Como siempre me gusta recordarles a mis colegas escritores, yo soy de profesión médico cirujano y partero, sí, para lo que se les ofrezca. Mis alumnos de la Facultad de Ciencias Humanas siempre me preguntan qué estudié y les doy tres oportunidades de que adivinen. Nunca lo han hecho. Ese tipo de pelo largo y barba no es la imagen de un médico, según ellos. No lo entiendo. Si me parezco a George Clooney en ER, la serie de televisión. Lo cierto es que la medicina me ha dado el regalo mayor: mi propia salud después de mi infancia y adolescencia asmática y me ha proporcionado el conocimiento riguroso del mundo, la habilidad de ver a las personas por sus dolencias, por sus enfermedades. Yo no veo el alma de las personas sino su materialidad: lo que sus cuerpos dicen en sus signos y síntomas. Lo que la vida toma y quita con tanta facilidad. Por eso el análisis, la interpretación y la crítica en la literatura vienen de mi capacidad de diagnóstico y tratamiento, nacen de ver el dolor ajeno y convertirlo en una explicación, en una curación.
Alguna vez lleve bata de médico, estetoscopio colgado del cuello, puse inyecciones, usé el bisturí para hacer operar, ayude a dar a luz a centenares de bebés, palpé hasta descubrir nódulos cancerosos en el pecho o en la vagina de tantas mujeres. Di noticias de esperanza, anuncié la muerte de seres queridos, me lavé las manos cubiertas de pus, sangre o vómito. Cuántas veces no estuve al pie del agonizante sosteniéndole la mano, dándole palabras de aliento. “No me deje solo” es la frase que más escuché entre los 17 y los 22  años de mi vida. Y en muchas ocasiones tuve que desconectar aparatos de respiración, cerrarle los ojos a los difuntos, dormir de pie en noches de trabajo interminable.
Aún recuerdo mi primera autopsia, mi primera visita a una morgue de hospital. La muerte fue, mientras ejercí como médico, una compañera inseparable. Tuve que atender a gente accidentada, descalabrada, desangrándose, gimiendo, con paro cardiaco, epiléptica, en coma. Y no sólo eso: atendí en hospitales psiquiátricos, en patios llenos de enfermos mentales, de asesinos esquizofrénicos, de drogadictos en estado de estupor. Cada vez que veo El jardín de las delicias del Bosco me recuerdan aquellas escenas de personas actuando sin la menor inhibición, gritando o mascullando, tiradas en el suelo sin moverse por horas. La medicina me enseñó a entender que el ser humano es un cosmos lleno de misterios, un universo donde todo está a punto de estallar. A los 17 años tuve que hacer mi primera práctica con el cadáver repleto de formol: era el de una muchacha bellísima, de 17 años. El profesor nos dijo: “La muerte no perdona edades. No lo olviden”.
Ahora me doy cuenta que la medicina me forjó como escritor: me hizo analizar el mundo, interpretar sus malestares, criticar sus carencias. Me dio el rigor necesario, la disciplina creativa para contemplar la realidad en sus fallos, en sus fisuras, en sus problemas. Vida que debemos preservar a toda costa, con todo nuestro esfuerzo.


* El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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