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Columnas

La Corte y el populismo de AMLO

Cuando Andrés Manuel López Obrador soltó aquella frase famosa “al diablo con las instituciones”, hubo algunas voces que se alarmaron y lo tomaron como un desplante autoritario, pero en general la mayoría de la población la pasó por alto y no le dio mayor importancia.

Por Benedicto Ruíz Vargas

Cuando Andrés Manuel López Obrador soltó aquella frase famosa “al diablo con las instituciones”, hubo algunas voces que se alarmaron y lo tomaron como un desplante autoritario, pero en general la mayoría de la población la pasó por alto y no le dio mayor importancia. Sin embargo, la frase está cobrando cada vez más sentido para una parte de los mexicanos, aunque sólo sea para una parte.

El ejemplo de lo que acaba de suceder con la Suprema Corte de Justicia de la Nación es el más inmediato pero no es el único. Hay más instituciones que López Obrador está tratado de doblegar, controlar o cooptar. En este caso el presidente doblega a la Corte y la llama a no ponerse en contra del pueblo. La Corte cede y seis de sus miembros votan a favor de la consulta, pero para no verse completamente humillados cambian la pregunta y formulan un galimatías.

Algunos dicen que fue una “gran jugada” de la Corte y que con eso salvó la situación. Otros afirman que no ganó nadie, ni la Corte ni el presidente, por el cambio de la pregunta que dejó en la penumbra el juicio a los expresidentes. Sin embargo, es evidente que ganó López Obrador por una razón muy simple: porque la Corte era, hasta ahora, el único espacio que podía ser independiente o autónomo frente al poder presidencial.

Ahora el presidente no sólo tiene el control absoluto de la Cámara de Diputados y de Senadores, sino también del poder judicial, para sólo hablar de los formalmente instituidos, pero este poder se extiende a muchas otras instancias y organismos cuya autonomía está en duda, como es el caso del INE, que intenta defenderse.

Aunque en México vivimos casi durante 70 años en un sistema político que estuvo dominado por un solo partido como fue el PRI, en donde el presidente de la República tenía el control absoluto de todo y de todas las instituciones, no habíamos tenido un presidente populista como López Obrador, es decir, había un presidencialismo autoritario, pero no un presidente militante que asumiera el populismo como un proyecto político y de gobierno.

AMLO quiere parecerse a Lázaro Cárdenas, que es el ejemplo más cercano que tenemos, pero se parece más a líderes populistas que han gobernado en países de América Latina,  como Maduro en Venezuela, por citar un ejemplo. Que son personajes que se ajustan perfectamente al “manual” populista que se ha instaurado en varios países alrededor del mundo en los últimos años incluyendo, por supuesto, a Donald Trump, con el que López Obrador mantiene una luna de miel y muchas visiones semejantes del quehacer político y gubernamental.

Un rasgo que López Obrador ha adoptado hasta la náusea, que es el más conspicuo del populismo, es su referencia permanente al “pueblo”: el pueblo es sabio, el pueblo no es tonto, “por encima de la Ley está el pueblo” (acaba de decir para el caso de la Corte), el pueblo manda, el pueblo está, desde luego, por encima de las instituciones. Pero, ¿quién es el pueblo? El pueblo es AMLO. Él es el único y fiel representante del pueblo. Todos los demás son falsos.

En este caso de las instituciones (como la Corte y otras), la visión del populismo y de López Obrador es que las instituciones como las que están establecidas no pueden tener poder por encima del pueblo, aunque así esté establecido en las leyes o en la Constitución. Y si así está establecido en la Constitución, entonces, diría AMLO, hay que cambiar la Constitución.

El populismo lo que busca es tumbar y destruir o cuando menos debilitar todo lo que tiene que ver con la “democracia representativa” para, según esta concepción, hacer más pura y vital la democracia, sin que haya intermediarios, fomentando en su lugar la democracia directa o según algunos de ellos, la democracia “participativa” como son las consultas, los plebiscitos, etcétera.

El problema con esta visión, que AMLO comparte, es que eso que se conoce como democracia representativa la forman las cámaras de diputados y de senadores que, en cualquier gobierno de tipo republicano, juegan el papel de “intermediarios” entre el pueblo y el poder presidencial. Si estos poderes o espacios mediadores desaparecen o se debilitan, entonces lo que habría sería más cercano a una dictadura o un gobierno autoritario.

“Una de las grandes ironías de por qué mueren las democracias, dicen los autores de un libro con este nombre (Levitsky y Ziblatt), es que la defensa en sí de la democracia suele esgrimirse como pretexto para su subversión”. Es decir, los populistas se erigen en defensores de la democracia cuando en realidad lo que hacen es destruirla o debilitarla, como lo está haciendo López Obrador en México.

“La ciudadanía, dicen estos autores, suele tardar en darse cuenta de que la democracia está siendo desmantelada, aunque ello suceda a ojos vistas”. Así en México.

*-El autor es analista político.

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