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Historia y literatura: lo que falta por escribirse

Cuando se unen historia y literatura se dan resultados interesantes, obras sorprendentes.

Por Gabriel Trujillo

Cuando se unen historia y literatura se dan resultados interesantes, obras sorprendentes. Tal vez porque la narrativa histórica resultante hace más vivo, más vívido, el pasado que nos importa, le da humanidad y corazón y sentimientos a fechas y nombres del ayer, le confiere de nuevo a personajes acartonados, hechos estatuas inamovibles, su condición real de seres humanos de carne y hueso. La ficción, en este caso, se ubica en épocas precisas, en episodios conocidos por el público en general, pero las aventuras que narra sirven para explicarnos mejor tanto el pasado donde suceden sus tramas como el presente desde el cual son escritas.

Pocos son, sin embargo, los estudios que relacionan la historia y la literatura en las letras nacionales, no como obras en competencia sino como parte fundamental de la literatura mexicana. Lo podemos ver en muchos momentos y autores: desde Artemio del Valle Arizpe y sus novelas que ocurren en la época virreinal. O en autores que escribieron sobre la Revolución Mexicana cincuenta años después de la misma, como Carlos Fuentes y Jorge Ibargüengoitia. O recordemos a Fernando del Paso y su monumental Noticias del imperio. En tiempos más recientes, Paco Ignacio Taibo II y Enrique Serna han incursionado en el siglo XIX con novelas que indagan en aquellos tiempos de guerra civil e intervención francesa.

Las principales categorías en que se ha centrado la novlea histórica en nuestro país son los sucesos de nota roja (accidentes, crímenes, masacres), la biografía de personajes famosos (políticos, artistas) y los episodios relevantes de la historia nacional (guerras, revoluciones, invasiones). Y si fijamos nuestra atención en la literatura del norte mexicano, podemos encontrar autores y obras que logran unir lo histórico y lo literario sobre acontecimientos ocurridos en esta región de México y esto es visible en la literatura de entidades como Sonora, Chihuahua o Nuevo León, con autores que van desde Carlos Montemayor a Hugo Valdés.

Pero en Baja California sucede todo lo contrario. Por eso pregunto: ¿Por qué no hay novelas sobre la fundación de las ciudades fronterizas, sobre las inundaciones de principios del siglo XX, sobre la revolución floresmagonista de 1911 y su despiadada represión por
las autoridades en turno, sobre los gobiernos atrabiliarios del coronel Esteban Cantú y del general Abelardo L. Rodríguez, sobre la vida comunitaria en la época de la prohibición y el auge de los casinos, sobre Baja California en la Segunda Guerra Mundial o sobre los primeros años del recién fundado estado 29, cuando hubo asesinatos de periodistas connotados, atentados contra personajes públicos y un motín cívico en el que intervino hasta el ejército nacional?

Y aquí sólo llegamos a 1959, hace sesenta años. Quedan fuera sucesos tan importantes como la muerte de un gobernador en tierra extranjera, la lucha contra la salinidad de las aguas del río Colorado por los agricultores del valle de Mexicali, la generación estudiantil de 1968, cuyas circunstancias históricas llevaron a muchos de sus integrantes a los brazos de la guerrilla, las catástrofes naturales que inundaron Tijuana y Ensenada en fechas distintas, los temblores que han sacudido a Mexicali, la capital del estado, con violencia creciente desde 1979 y hasta 2010, los asesinatos de figuras públicas connotadas y las masacres del crimen organizado, así como tantos otros momentos de la historia reciente de nuestra entidad.

Por eso digo que la novela histórica es la asignatura pendiente, el gran género faltante de las letras bajacalifornianas. Es hora de voltear hacia los acontecimientos de nuestro pasado, por traumáticos que nos parezcan, y comenzar a contarlos por medio de ficciones que sean creíbles, que nos hagan revivirlos en toda su gloria y su miseria. Esas vidas y eso tiempos pueden enseñarnos, a través de novelas que abarquen episodios específicos o panoramas generales, lo que fue vivir, por ejemplo, el choque entre los habitantes indígenas del norte peninsular y los recién llegados exploradores, misioneros y soldados españoles. O la vida de los gambusinos y ganaderos del siglo XIX. O las trapacerías de los comerciantes y políticos locales en la era de la industria del vicio. Falta valentía para encarar una historia llena de luchadores sociales, minorías apaleadas, migrantes explotados, periodistas que dijeron sus verdades aunque les costara la cárcel o la muerte. Si los historiadores locales le han sacado la vuelta a los temas controversiales, es tiempo que los novelistas bajacalifornianos hagan la tarea que aquellos no han querido tocar y que la hagan con honesta imaginación, con veraz fantasía.

* El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.
 

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