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Columnas

En la Madre

Nuestro país tiene en sus cimientos una cultura machista, por supuesto no estoy de acuerdo con ella, pero no puedo  negar que encontramos en el sometimiento a la mujer el mayor reflejo de nuestra pequeñez, de la cobardía y de los pocos “tamaños” que implica ser el estúpido que mira con lascivia, que ofende a la mujer al decirle idioteces que en realidad reflejan su inseguridad, que presume y magnifica la cultura de su sometimiento, que exige y poco hace para compartir responsabilidades en la crianza y formación de los hijos.

Somos lo que Hacemos

Nuestro país tiene en sus cimientos una cultura machista, por supuesto no estoy de acuerdo con ella, pero no puedo  negar que encontramos en el sometimiento a la mujer el mayor reflejo de nuestra pequeñez, de la cobardía y de los pocos “tamaños” que implica ser el estúpido que mira con lascivia, que ofende a la mujer al decirle idioteces que en realidad reflejan su inseguridad, que presume y magnifica la cultura de su sometimiento, que exige y poco hace para compartir responsabilidades en la crianza y formación de los hijos, que demanda el uso de su cuerpo como si fuera de su propiedad, sin importar ser Samuel García, reclamándole a “su mujer” una falda tan corta, el impresentable violador de Salgado Macedonio o el presidente de su partido que no es siquiera capaz de aceptar su sexualidad públicamente o el más humilde ciudadano; en la inmensa mayoría de nuestros hogares se repite el mismo rol, la educación y las libertades con las que educamos a los mexicanos son diferente cuando se trata de ellas; somos el reflejo de una dicotomía que ha marcado profundamente nuestra realidad:  el papel de la mujer en la sociedad es pequeño excepto cuando se trate de su rol de madre; somos hijos de la virgen de Guadalupe sin importar lo hijo de puta que se sea, estamos rodeados de hijos de la chingada pero que no venga uno a decirnos que nosotros lo somos porque en ese momento haremos lo necesario para mandarlo a chingar a su madre, sabiendo que todas las mujeres son putas excepto mi madre y mis hermanas, porque como lo hemos afirmado durante años un par de tetas jalan más que cien carretas. Por ello la muerte es “santa”, es mujer al igual que la Coatlicue que ofrendó su vida para que un nuevo sol hiciera posible la nuestra, por eso veneramos la virginidad, sin importar que sea la de María, la de las Vestales o la nuestra, que hasta morena y con rasgos indígenas tenía que ser.

Es una realidad que hay muchos que poco hacen por su madre durante todo el año, pero que llegado el día hoy, al amparo de unos tequilas y con amigos borrachos y desafinados le llevan serenata a su jefecita santa, para poco ocuparse de ella por el resto de año; en el fondo casi todos somos nietos de Sarita García, por ello nos asumimos tiernos ante su vejez pero insensibles a ser responsables de su mejor presente; por ello celebro que la mujer gane día con día más y mejores espacios en nuestra sociedad, lograrlo sólo refleja su valía, la nuestra, es tan pequeña que se ha tenido que requerir a cuotas de genero en muchas ocasiones; personalmente discrepo de ellas; no comulgo con la idea de que el genero deba de ser condicionante para el desempeño; admito de manera natural que dentro de nuestro rol existen diferencias que deben de ser aceptadas y reguladas por la ley.

No creo en las cuotas y no comulgo con la ideología de género, soy contrario a la idea de la masculinización de la mujer para que ella pueda ser plena; lo que no tengo duda es que nuestros niños y niñas son producto de la educación que reciben en sus casas; ¡en la madre!, mucho que trabajar.

*El autor es empresario, ex dirigente de la Coparmex Mexicali.

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