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Columnas

El mejor manual ante la tragedia es ‘la empatía’

Cuando Reyna López despertó en la cama de un hospital, pensó que solo se trataba de una noche llena de sueños, pero en realidad había permanecido cuatro meses intubada a causa del coronavirus.

Por Beatriz Limón

Cuando Reyna López despertó en la cama de un hospital, pensó que solo se trataba de una noche llena de sueños, pero en realidad había permanecido cuatro meses intubada a causa del coronavirus.

Historias como estas son las que me enchinan la piel y me obligan a llevar mi profesión como periodista a otro nivel, o quizás debo referirme a mi humanidad.

Y con seguridad les puedo decir que el periodismo es un trabajo comunitario, fuera de los reflectores o el ego desbordado, este oficio se debe a la gente y por la gente. Siempre lo supe, pero ahora, a raíz de esta pandemia, lo tengo más claro.

Y es que cuando entrevisté a Reyna, quien aún se encontraba en recuperación, me desprendí de mi estafeta por breves momentos, y me sumergí en su corazón con paciencia y sensibilidad.

Desde junio fue conectada a un respirador a causa de un desmayo que sufrió por la falta de oxígeno en sus pulmones, y cuando despertó no podía creer que era septiembre, y que su recién nacido Noah, ya tenía cinco meses.

Su esposo Rodolfo me contó que nunca perdió la fe, pese a que los pronósticos de los doctores nunca fueron alentadores, ya que reiteradamente le informaban que los pulmones no mejoraban y que se mantuviera pendiente del teléfono ante cualquier fatalidad.

Aun así, Reyna abrió los ojos un día, y ahora se encuentra agradecida por la nueva oportunidad de vida. Sumamente fatigada al hablar, porque aún requiere de oxígeno, me dijo “los doctores no se pueden explicar cómo estoy viva, no esperaban que despertara, creo que esto es un milagro y siento que por una razón todavía estoy aquí”.

Pero no todos los casos como los de Reyna han tenido un final feliz, hace unas semanas entrevisté a Rozie Salinas, quien perdió a su hija y yerno a causa del Covid-19, ahora ella se encuentra sola haciéndose cargo de su nieto Raiden de cuatro años.

Esta abuela de San Antonio (Texas) me contó con la voz entrecortada que el pequeño le dijo la noche anterior “que ya no quería que sus padres fueran ángeles”.

¿Se imaginan? Y uno tiene que seguir preguntando y preguntando, con tacto, descansando brevemente en los suspiros de los deudos.

De igual forma, con el corazón en la mano, hablé con Ricardo Aguirre, quien lo había perdido casi todo por el coronavirus. Siete familiares murieron, incluido su padre, su negocio de comida mexicana quebró y afronta millonarias facturas médicas.

Y yo sentada frente a él, buscando la forma que me cuente su historia de la manera más cálida, para no agregar más dolor a los recuerdos.

La lista es larga de tantas historias que se escriben con dolor y heroísmo, y a nosotros, los periodistas, nunca nos dieron un manual para tanta tragedia.

Por esa razón me desdoble y, ahora soy más que nunca Beatriz Limón.

*La autora es corresponsal en Nuevo México y Arizona de  la Agencia Internacional de Noticias Efe

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