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El feo rostro de Morena

Con la elección interna del pasado sábado, Morena se mostró tal cual es en todo el país, eligiendo a sus consejeros en medio de acciones violentas.

Por Benedicto Ruíz Vargas

Con la elección interna del pasado sábado, Morena se mostró tal cual es en todo el país, eligiendo a sus consejeros en medio de acciones violentas, acarreando votantes y robando urnas en medio de enfrentamientos entre grupos y clanes del mismo partido. Hay una cascada de evidencias, videos, fotos y testigos que observaron o participaron en estos hechos.

Con esto, Morena revivió escenas que ya creíamos superadas y que corresponden a una etapa muy primitiva de nuestra democracia. No es la primera vez que lo vemos. Cada vez que Morena lleva a cabo un ejercicio que conlleve la participación, surge la violencia entre sus filas y las diferencias que dirimen a golpes.

En este caso específico, el desorden y la violencia fue introducida por las burocracias de los gobiernos federal, estatal y municipal, que fue de donde surgieron en realidad los principales postulantes a consejeros, enfrentándose a otras corrientes y grupos. Si uno ve la lista de los electos encontramos ahí a presidentes municipales, diputados, regidores, funcionarios de gobierno, y muy pocos de la base social de Morena.

Esto demuestra, una vez más, que Morena no es un partido tal y como lo conocemos y como se supone que se integran los partidos políticos en México y a nivel general. Morena lo forman los funcionarios del gobierno, desde el presidente de la republica hasta los gobernadores, desde donde baja hacia los estratos municipales y hasta escalas más bajas.

Esta estructura, por llamarla de algún modo, “mueve” a los sectores de la población que están integrados a algún programa social y los lleva a votar en este tipo de ejercicios, así como a otros grupos de afiliados o que en términos nominales dicen pertenecer a Morena, pero que sólo actúan como parte de la masa de votantes.

Morena tiene una “dirigencia nacional”, que en este caso la ocupa Mario Delgado, que es  más bien un vocero o un operador político, pero no un dirigente en la acepción clásica del término. Lo mismo ocurre a nivel estatal o municipal, en donde los llamados dirigentes del partido están por debajo de las autoridades del gobierno, y del gobernador o gobernadora.

Morena, así, es el gobierno. Es decir, está integrado fundamentalmente por los funcionarios de los gobiernos, de donde surgen sus candidatos, dirigentes, encargados, etcétera, que, a su vez, se vinculan con los beneficiarios de los programas del gobierno federal, estatal o municipal, formando el voto corporativo o clientelar que se conoce muy bien en México.

Es la misma estructura que tenía antes el PRI, que operó durante décadas y le permitió mantenerse en el poder por más de 70 años. AMLO y Morena han vuelto sobre ella y, es muy probable, que le dé resultados en la elección de 2023 y sobre todo en la que más importa que es la presidencial.

Morena, para introducir un matiz más sutil, no es el partido del gobierno (como antes lo fue el PRI), sino más bien Morena es el gobierno. Tiene una estructura de partido para poder competir electoralmente, o para tener una representación en el INE, acceder a prerrogativas, nominar candidatos, etcétera, pero (a diferencia de los partidos) no tiene una ideología y no se rige por algunos principios o normas, aunque diga tener estatutos.

Se cohesiona alrededor del líder, sigue al líder, y actúa en función de lo que el líder determina. Pero eso no implica que en su interior no haya diferencias, sobre todo en momentos clave como la elección del candidato presidencial, una etapa que está acelerando las pulsiones y las diferencias al interior de Morena.

Frente a esa decisión, hay varias corrientes que están buscando posicionarse ante la eventualidad de que su candidato se quede con el premio o sea excluido. AMLO mismo incentivó esa competencia y esa discordia que puede desbordarse, sobre todo en algunos estados donde los grupos están divididos y enfrentados, como en Baja California, por ejemplo.

Lo del sábado es un preludio de otro fenómeno que los grupos de Morena “olfatean” o intuyen: que a medida que el sexenio se vaya acercando al final, también disminuirá la fuerza del liderazgo y el papel de Andrés Manuel López Obrador en la conducción de Morena.

Todos los grupos están tratando de posicionarse frente a ese escenario, buscando controlar o dominar el mayor número de cargos y posiciones de cara al próximo congreso nacional, en donde posiblemente se nombre a otra dirigencia.

Morena aparece como un partido poderoso porque actúa desde el gobierno, pero sus debilidades están a la vista.

*El autor es analista político.

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