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Columnas

El Mexicali de Vizcaíno

Rubén Vizcaíno Valencia llega a Mexicali hacia 1952 y aquí comienza un largo proceso para ser algo más que un orador, algo más que un profesor. Casado, con una hija y después de haber vagado por el país entero, incursiona en la escritura creativa, que poco a poco va perdiendo sus secretos ante un hombre que intenta convertirse en literato escribiendo versos, cuentos y artículos periodísticos, donde busca dar voz a los bajacalifornianos que carecen de ella.

Por Gabriel Trujillo

Rubén Vizcaíno Valencia llega a Mexicali hacia 1952 y aquí comienza un largo proceso para ser algo más que un orador, algo más que un profesor. Casado, con una hija y después de haber vagado por el país entero, incursiona en la escritura creativa, que poco a poco va perdiendo sus secretos ante un hombre que intenta convertirse en literato escribiendo versos, cuentos y artículos periodísticos, donde busca dar voz a los bajacalifornianos que carecen de ella. De ahí que pronto salta a proyectos más ambiciosos, como su novela En la Baja, su primera novela bajacaliforniana, en donde dos campesinos sureños aprenden la sabiduría mexicalense, una sabiduría que el propio Vizcaíno adopta como suya el resto de su vida: actitudes vitales que corresponden, como él mismo lo dice: “a la agricultura moderna, la higiene, la disciplina, la organización, la técnica, el cuidado de la propia vida; porque en el desierto, con un clima homicida, la solidaridad social forma parte de los hábitos naturales del hombre: en el verano, todos ayudan a todos; una falta de comprensión a la solicitud de alguien y puede costar una vida”. Para nuestro orador recién llegado a Mexicali, “un clima así, hermana a todos, viene a ser un factor democratizante. En esas condiciones, con la experiencia y las enseñanzas adquiridas en el valle de Mexicali, mi propio personaje viene a ser el nuevo hombre de México”.

Si En la Baja, su primera novela escrita en 1957, no logra ver la luz pública hasta 2004, Tenía que matarlo, su segunda novela escrita igualmente en Mexicali en el verano de 1958, logra publicarse en Tijuana en 1961. De un cuento publicado en el periódico ABC  sobre las condiciones de las mujeres pizcadoras del valle de Mexicali, Vizcaíno lo transforma en una novela que refleja la vida de estas trabajadoras del campo. Como narrador, don Rubén va tomando vuelo, va mostrando su aplomo como escritor. Con una narrativa que aborda problemas sociales, Tenía que matarlo no deja de ser una novela de pensador, ya que concluye con una reflexión sobre la alambrada de púas que divide a las ciudades hermanas de Mexicali y Calexico, con una crítica a las realidades en que ahora vive y trabaja, a la frontera como un cerco humillante que debe transformarse en un muro de vida, en un espacio estético gracias a una vegetación abundante. Era, en todos sentidos, una primera reacción visceral al cerco fronterizo, una respuesta artística para lidiar con una sociedad distinta a la del interior del país.

Hoy podemos acercarnos a su obra con una perspectiva más abierta: Vizcaíno fue un escritor sureño que llegó a la frontera y que, como muchos otros literatos que nutrieron la cultura bajacaliforniana durante el transcurso del siglo XX, no pudo dejar de compararla con la riqueza cultural del centro del país, por lo que puso atención más en los faltantes  de nuestra sociedad de frontera y malinterpretó la originalidad de nuestras aportaciones culturales y artísticas, incluyendo modos de vida y actitudes que amalgamaban lo culto y lo popular, lo propio y lo extranjero sin complejos de por medio.

 Don Rubén, como orador consumado en las lides políticas de su tiempo y como seguidor de José Vasconcelos y de los postulados del nacionalismo redentor, fue un autor que ponderó, a través de los particularismos geográficos y morales, a cada sitio donde vivió en la entidad, tomando de cada uno lo que le parecía interesante para alabarlo o lo que veía escandaloso para criticarlo. En contraste con Tijuana, donde Vizcaíno observaba a una comunidad que sólo estaba a disposición del peor turismo estadounidense, un turismo que imponía sus gustos vulgares y depravados a los mexicanos cegados por el brillo verde de los dólares; en contraste con una Tijuana que carecía de elementos históricos cercanos al nacionalismo cultural y al espíritu mismo de la Revolución Mexicana, don Rubén veía en Mexicali a una comunidad trabajadora y orgullosa de sí misma, una comunidad con raíces en el rescate agrario del valle por la política cardenista y más vinculada con el resto del país. No una sociedad culta, pero al menos sí unida a la tierra, con conciencia de sus potencialidades y que no necesitaba de otros para crear su propia prosperidad. En ambas novelas de Vizcaíno lo que aparece es el Mexicali agrícola de mediados del siglo XX. Un Mexicali lleno de riquezas por cosechar, entre ellas las del arte, las de la literatura.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

 

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