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El Campo Alaska y su leyenda negra

Durante el gobierno (1923-1929) del general Abelardo L. Rodríguez, este mandatario estatal apoyó la construcción de obra pública, como escuelas, caminos y oficinas de gobierno.

Por Gabriel Trujillo

Durante el gobierno (1923-1929) del general Abelardo L. Rodríguez, este mandatario estatal apoyó la construcción de obra pública, como escuelas, caminos y oficinas de gobierno. Siguiendo la costumbre impuesta por el coronel Esteban Cantú, Rodríguez se trasladaba a la zona costa durante el verano para escapar de los calores de Mexicali. De ahí que le pusiera el ojo a la sierra de la Rumorosa para construir en sus alturas más templadas un centro de gobierno alternativo para pasar la ardua estación estival. A esta edificación se le llamó Campo Alaska y consistía en un cuartel, un polvorín, una casa de gobierno (para que las tareas administrativas no se retrasaran) y una escuela primaria para los hijos de los militares del estado mayor y de los funcionarios públicos que acompañaban al general, nombrada en honor de su madre, Agustina Ramírez de Rodríguez.

Al dejar don Abelardo el gobierno en 1929, los siguientes gobernadores duraron poco tiempo y sostuvieron duras polémicas con sus propios gobernados, entre ellos destacó Carlos Trejo Lerdo de Tejada (1930- 1931), que en sus escasos meses en el poder estatal hizo poca obra pública, con la excepción de convertir el Campo Alaska en un hospital para tuberculosos y leprosos y, más tarde, para enfermos mentales según la catalogación de aquella época. Lo cierto es que hasta el gobierno de Agustín Olachea, dos años después, se le dio presupuesto a tal hospital, a la vez que se fue decantando como una institución carcelaria de baja seguridad, donde se enviaban a los “locos” que se encontraban sueltos en la entidad, llegando a ser esta clase de enfermos el 80% de los internados en el Campo Alaska.

De tal manera que si una persona no funcionaba en su papel productivo (no podía alcanzar el grado de coherencia, cohesión y disciplina requeridos) no había protocolos para atenderla como era debido, sino que simplemente se le hacía a un lado, se le dejaba atrás. De ahí que, en la crisis de los repatriados, provocada por la caída de la bolsa de valores de 1929, muchos mexicanos que fueron expulsados de los Estados Unidos llegaron en graves condiciones mentales a nuestra entidad y ante el despojo del que habían sido objeto en el país vecino, su salud mental en Baja California pronto se deterioró visiblemente. El gobierno estatal, como buen Poncio Pilatos, tomó en cuenta las peticiones de los alarmados ciudadanos de la entidad, que en sus prejuicios conservadores, en su miedo atávico, no querían ver, por ningún motivo, locos ambulatorios cerca de sus respetabilísimas residencias o en las calles de sus respectivas ciudades y por eso pidieron su expulsión de la Territorio. Pero eso, según las autoridades, costaba dinero. Una opción viable fue, entonces, que se los mandaran al Campamento Alaska, como los militares lo habían bautizado, y asunto resuelto.

Así, el hospital para tuberculosos y leprosos se convirtió en un centro penitenciario. Uno que carecía de psicólogos, psiquiatras o médicos generales que pudieran atender como era debido a las decenas de pacientes mentales que en él se congregaron de 1931 hasta 1958, cuando fue clausurado. El antiguo cuartel, que apenas contaba con 250 metros cuadrados, era un edificio con muros sólidos, de piedra, de un solo piso. Cuando ya era, como oficialmente se le conocía, un Pabellón de Dementes, a donde llegaron a residir cerca de 80 pacientes-víctimas en sus años de mayor afluencia y que para sus últimos años el promedio de residentes era de 40. Según las actas oficiales, ninguno de ellos escapó, pero según los viejos residentes de la Rumorosa, muchos lo lograron y varios rondaban el poblado muriéndose de hambre.

Hoy en día, cuando los derechos humanos abarcan a los enfermos físicos y mentales, vemos todo esto como una forma de represión social y ocultamiento de personas que debieron recibir mejores tratos y no el castigo de la reclusión en un lugar remoto por sus problemas de adaptación con la sociedad de su tiempo. De ahí que los “locos” de la Rumorosa -indigentes, campesinos, trabajadoras sexuales y gente que no contaba con recursos financieros para escapar de tal destino carcelario. ¿Y qué encontraban en tal hospital? Malos servicios, represiones físicas, hambruna y, sobre todo, un desprecio institucional hacia sus personas. Muchos murieron en el Campo Alaska y sus restos rondan nuestra historia regional. Y si a esas vamos, Baja California es una historia donde los despreciados por la sociedad, los problemáticos, aún esperan ser reconocidos como figuras a respetar.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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