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Columnas

Dos militares cruzando el desierto

En la historia siempre hay preguntas incontestables, preguntas sobre qué habría pasado si las cosas hubieran ocurrido de otro modo. Pueden tomarse mil ejemplos de eventos trascendentes para la evolución de la humanidad y las consecuencias que trajeron para la gente que vivió tales decisiones.

Por Gabriel Trujillo

En la historia siempre hay preguntas incontestables, preguntas sobre qué habría pasado si las cosas hubieran ocurrido de otro modo. Pueden tomarse mil ejemplos de eventos trascendentes para la evolución de la humanidad y las consecuencias que trajeron para la gente que vivió tales decisiones. Tomemos el caso de las dos expediciones (la de 1774 y la de 1775-1776) que llevó a cabo, primero como capitán y luego como teniente coronel, Juan Bautista de Anza, quien cruzó desde el presidio de Tubac, en la Sonora colonial del siglo XVIII, hasta la costa de la Alta California y luego regresó a su punto de partida sin contratiempos, lo que fue toda una hazaña.

¿Cómo logró hacerlo sin sufrir el acoso de los indios y siendo aceptado por donde pasaba con muestras de amistad? Si vemos sus antecedentes militares descubrimos que de Anza fue un soldado perseguidor de pimas y apaches, que luchaba a brazo partido por establecer el orden español en las mismas fronteras del imperio. Pero como buen norteño, gente práctica antes que idealista, nuestro capitán supo aceptar lo inevitable: el virreinato poco podía hacer para consolidar las poblaciones occidentales en nuestras lejanías, poco podía hacer no ante unos indios rebeldes (porque nunca habían sido sometidos), sino ante una resistencia india que no permitía el paso de los españoles, llevaran la cruz o llevaran la espada, por sus tierras. De Anza fue uno de los primeros oficiales que vio que, para dominar la región del desierto entre Baja California y Sonora, se necesitaba más la diplomacia que la fuerza bruta, porque en este último caso, los indios nativos estaban mejor preparados para ofrecerla a quien se metiera con ellos.

Por eso su par de expediciones fueron planificadas más como un desfile propagandístico que como un comando militar avanzando en territorio enemigo. En cada ranchería a la que llegaba se mostraba respetuoso con los indios y sólo les ofrecía regalos para enseñarles lo bien que les iría si aceptaban el cristianismo y el mandato del rey de España. Y sólo permanecía unos días en cada pueblo para que no sintieran los indios la carga que eran los expedicionarios. De esta manera pudo ir y venir por un territorio inhóspito y hostil sin demasiados percances y, además, se hizo amigo de los jefes principales, especialmente de Salvador Palma, el jefe yuma, que acabó siendo su amigo. Su éxito lo hizo un oficial de prestigio al que pronto se le nombró gobernador de Nuevo México, dejando a otros las expediciones siguientes que pasaban por las tierras de los yumas.

Y aquí vienen las comparaciones: en 1781, ya establecidos dos pueblos-misiones en la orilla del río Colorado, una nueva expedición de colonos, bajo protección militar, pasó por lo que hoy es Arizona y Baja California, pero esta vez no la dirigía Juan Bautista de Anza sino un oficial rival de éste: Fernando de Rivera y Moncada. Si el primero era un hombre abierto, veraz, honorable, Rivera y Moncada fue un militar torvo, violento, insensible, que no le importaban las quejas o los sufrimientos de los yumas ante la presencia de centenares de colonos y sus ganados, que cruzaban sus tierras y arrasaban con todo lo que encontraban a su paso. Un militar que atendía a sus arranques de ira más que al sentido común. Siempre obraba, como un amo despótico, con métodos de mano dura contra los indios, que incluía dar de latigazos o poner en cepo al que no obedeciera sus órdenes. Por eso los yumas se rebelaron en el verano de 1781 y destruyeron no sólo los pueblos fundados recientemente en sus tierras, sino que mataron a los misioneros y colonos, incluyendo a todos los soldados de la expedición y al mismísimo don Fernando de Rivera y Moncada.

Todo por lo que había luchado Juan Bautista de Anza se hizo polvo en menos de tres días de rebelión yuma. El camino de la amistad se clausuró para siempre y el camino de la guerra llevó a que los yumas recuperaran sus dominios y fueran dueños de nuevo de sus ritos y costumbres, impidiendo que los españoles volvieran a pasar por sus tierras. Y la pregunta queda. Y si de Anza hubiera sido el comandante de la expedición de 1781, ¿esta masacre habría ocurrido? ¿La ruta del desierto se cerró por un militar obcecado, atrabiliario, que nunca tuvo la diplomacia como su fuerte? Preguntas sin respuesta. Historias alternativas de nuestro pasado regional.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

 

 

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