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Columnas

De películas a tomar en cuenta

El cine nació para llevarnos de viaje, para ponernos en movimiento rumbo a otros mundos, a otras vidas, a otros tiempos. El cine como un medio de transporte que nos conducía a territorios nunca antes vistos, que nos llevaba en su magia visual a lugares increíbles.

Por Gabriel Trujillo

El cine nació para llevarnos de viaje, para ponernos en movimiento rumbo a otros mundos, a otras vidas, a otros tiempos. El cine como un medio de transporte que nos conducía a territorios nunca antes vistos, que nos llevaba en su magia visual a lugares increíbles, con personajes carismáticos, donde todo podía suceder y los sueños personales se volvían sueños colectivos, anhelos compartidos. Eso sigue siendo el cine para mí. Un mecanismo para trasladarme a otras dimensiones de lo humano. Y dimensiones que pueden ir de lo grandioso a lo terrible. Pongo ejemplos.

Junto con los piratas y los vikingos, los exploradores fueron mis personajes favoritos en las novelas e historias reales que leía de niño, en los libros de viajes que devoraba desde mi cama de enfermo asmático, mientras me silbaba el pecho y me esforzaba por respirar. Y entre los exploradores, debo precisar, los que más me fascinaban no eran los que iban en multitud, con toda la tecnología a su disposición, para adentrarse en las profundidades del mar o en las vastedades de la selva, sino los que, solos y valientes, se abrían paso por el mundo hasta alcanzar el fondo de las cosas, hasta cruzar las fronteras más lejanas. Por eso mi gusto por las obras que revelan el choque entre la voluntad humana y la naturaleza terrestre en toda su pasmosa magnitud. Por eso mi afinidad con las aventuras de gente que todo lo desafía sólo porque necesita semejantes retos para constatar que está viva, para reafirmar que nada es imposible. De eso trata Free Solo (2018), la película documental dirigida por Elizabeth Chai y Jimmy Chin, que narra cómo Alex Honnold decide escalar El Capitán, una montaña de pura roca situada en el parque Yellowstone, sin cuerdas de seguridad, a mano limpia, y lo hace desde su anhelo de trascendencia a la vista de todos, desde su impulso temerario a flor de piel. Honnold, como montañista, es de la estirpe de los aventureros de mi niñez: un explorador solitario, deseoso de experimentar su odisea como un acto de suprema libertad, como la confirmación de su visión más imperiosa, más lúcida, más vital. Como explorador, el protagonista de esta cinta excepcional, nos muestra una energía que alumbra cada paso que da, cada salto, cada afianzamiento. Pero también vemos las contradicciones que lo hacen vulnerable, humano, pleno de claroscuros existenciales. Estamos ante una lección contundente del espíritu humano: libre, concentrado, tenaz. Hazaña como pocas, en un mundo donde cada día hay menos territorios vírgenes, menos horizontes a conquistar por uno mismo.

Peterloo (2018), la película de Mike Leigh, cuenta la masacre que se llevó a cabo en 1819, por parte de las fuerzas armadas del gobierno británico, contra 60,000 ciudadanos que protestaban por las inhumanas condiciones laborales y por la falta de democracia en su región. Leigh la relata desde el interior de la clase trabajadora, desde la mirada de las víctimas frente a sus verdugos oficiales. Una historia de represión que se ha repetido, desde entonces, en muchos lugares del mundo, bajo las mismas circunstancias de explotación laboral, de esclavitud de los pobres en aras de la ganancia económica de los privilegiados. ¿Cuándo se hará aquí, en México, una película sobre la tragedia de la mina Pasta de Conchos, por ejemplo, o sobre las empresas, tanto nacionales como extranjeras, que han abusado de sus trabajadores a lo largo y ancho de nuestro país? Nunca, supongo, porque nadie quiere desnudar a los patrones, hacerlos ver como los codiciosos personajes que son.

Hay obras que son modestas, que no tienen más acción que las miradas de sus protagonistas, que los diálogos cotidianos, que los silencios mutuos. The Bookshop (2018), la película de la directora Isabel Coixet, es tal clase de obra. Con las actuaciones de una espléndida Emily Mortimer y de un inigualable Bill Nighy, contemplamos la historia de una pasión: la de la lectura, y esta pasión es contada sin exabruptos, explorando la traición de todo un pueblo a una mujer que quiere poner una librería y abrir el mundo a sus vecinos. Es, por supuesto, la lucha de David contra Goliat, donde el gigante le gana al luchador pequeño y solitario. Pero también es el recordatorio de que toda lectura es una acción revolucionaria, un acto de libertad, un gesto de valor y valentía que pasa de mente en mente, de generación en generación.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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