No te pierdas las últimas noticias

Suscríbete a las notificaciones y enterate de todo

Columnas

De circos reales e imaginarios

Para muchos escritores su literatura surge del lugar en que viven, de la región en que han nacido y crecido, de la cultura que les pertenece como una tradición de la que ellos son sólo un eslabón más.

Por Gabriel Trujillo

Para muchos escritores su literatura surge del lugar en que viven, de la región en que han nacido y crecido, de la cultura que les pertenece como una tradición de la que ellos son sólo un eslabón más. Escribir es, para estos autores, crear una identidad que los una con su comunidad, que hable por su gente, que los defina de cara a su mundo. Pero un escritor también puede inventarse su lugar de vida creativa, su identidad más allá del sitio que es suyo por herencia, más allá de donde viene su linaje. Puedes vivir en Italia pero navegar por el Caribe o ser un cruzado en Tierra Santa, o un vaquero en los Estados Unidos, como Emilio Salgari. Puedes pasarte la vida en la biblioteca pública de Los Ángeles, pero habitar el planeta Marte y ser parte de un circo ambulante, como Ray Bradbury. Puedes andar por los barrios decrépitos de New Hampshire y estar escribiendo sobre los dioses monstruosos en el principio de los tiempos, como H. P. Lovecraft. Puedes trabajar de burócrata en una oficina del gobierno y estar escuchando la voz de los muertos, como Juan Rulfo. No hay barreras que contengan la escritura cuando el viento de la imaginación sopla a su favor, cuando la fantasía es la ruta de tu escritura.

Por eso, cuando algunos periodistas me interrogan sobre mi obra narrativa, al menos la más conocida, creen ya haber resuelto mis intereses como escritor al preguntarme sobre la frontera y el género policiaco. Creen que esos temas son el único punto central de mi obra literaria. Pero muchos otros lectores saben que mi trabajo en ficción lleva varias direcciones, abarca distintos rumbos, tiene muchos centros. Y que no sólo escribo narrativa fronteriza o policiaca, sino también incursiono en la literatura de la ciencia ficción, el horror y la fantasía. Hay pruebas suficientes: mi primer libro de cuentos, Miriada, publicado en 1991, abarca estos géneros y lo mismo pasa en otros libros parecidos como Trebejos (2001), Mercaderes (2001), Aires del verano sobre el parabrisas (2009), Pesca de altura (2012) y Lontananzas (2016). Novelas mías de ciencia ficción son Laberinto (As time goes by) (1995), Espantapájaros (1999) y Trenes perdidos en la niebla (2010). De fantasía tengo una trilogía completa de novelas: Orescu (publicada en 2000 como libros separados y en 2017 en un solo libro) y Transfiguraciones. Un misterio memorable (2008).

A la rama de la fantasía debo ahora agregar la novela Shiashian o el circo macabro de Volcan City (Puertabierta editores, 2018), que yo he denominado un western sobrenatural. Déjenme explicarme: la fantasía parece tener ciertos lugares ya bien conocidos: el castillo medieval, el cementerio en plena medianoche, la casa de la bruja, el mundo que está al otro lado del espejo, la tierra de los dragones, la isla encantada. Lo interesante se ha dado en los últimos cincuenta años, cuando el género fantástico empezó a mezclarse con otros géneros: el rito de paso de la adolescencia se unió al vampirismo, el viaje por el espacio se metió a las catacumbas pero en forma de una nave espacial abandonada, el monstruo dejó la laguna pantanosa y se hizo habitante de la urbe moderna, el zombi salió del folklore caribeño e invadió todos los rincones de nuestro planeta con su hambre insaciable. 

Shiashian viene de la tradición grotesca, de la aventura expresionista, donde el circo es uno de los sitios donde los monstruos pueden ocultarse sin que provoquen la persecución de la gente supuestamente normal, pero mi novela también pertenece a otra tradición narrativa y especialmente de la novela popular: el western, la novela de vaqueros, que se enreda con la fantasía sobrenatural en pleno viejo oeste. Pero, sobre todo, esta novela tiene su origen en mi fascinación por los circos desde que era niño. En el Mexicali de los años sesenta del siglo pasado, los circos eran un espectáculo que uno no podía perderse. Me tocó asistir, junto a mis padres, a esas funciones llenas de acróbatas, payasos, domadores de fieras y magos con sus trucos espectaculares. El circo era, junto con el cine, el gran show al que todos íbamos esperando ver maravillas nunca antes vistas. Y por eso lo puse como el centro de mi novela, como el escenario de mis fantasías. Espero que los lectores se diviertan con sus saltos de altura, con sus monstruos sin jaula.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

 

Comentarios