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Combate desigual

Lo que las redes sociales muestran es una fuerte polarización política entre la oposición y el gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador.

Por Victor Alejandro Espinoza

Lo que las redes sociales muestran es una fuerte polarización política entre la oposición y el gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador. Lo paradójico es que dicho enfrentamiento parece reducirse al espacio virtual y ha permeado poco a la mayoría de la sociedad mexicana.

Toda democracia consolidada requiere partidos institucionalizados, fuertes y que al menos tengan referentes sociales y políticos definidos, es decir, que representen a ciertos segmentos de una sociedad. Esto se puede avalar con la defensa de un proyecto que permita verificar sus principios y la forma en cómo proponen encarar los problemas que presenta un país, una región o un estado, según los alcances de la representatividad territorial de la organización partidista.

En el caso mexicano, la crisis de los partidos políticos se agravó a partir de las elecciones de 2018. Desde hace tiempo se habían difuminado sus fronteras ideológicas y transitado hacia una nula representatividad sectorial. Todos se corrieron al centro del espectro ideológico y se enfrascaron en una disputa por las mismas clientelas. La política de alianzas lejos de favorecerlos, los ha llevado a una verdadera crisis. Representa la prueba más fehaciente de que únicamente les interesa ganar elecciones al costo que sea. La coalición entre PAN, PRI y PRD terminó de disipar cualquier duda entre la ciudadanía: el único objetivo de la oposición era ganar la mayoría en la Cámara de Diputados a Morena o al menos impedirle que junto con sus aliados alcanzara la mayoría calificada o absoluta. Logró solo lo primero, pero perdió cualquier sentido ético, al menos el PRI y al PRD que se declaraban de centro y de centro izquierda, respectivamente.

Morena no escapa a este problema, sobre todo en función de su origen y meteórico ascenso. Formado como un frente político, su tránsito a un partido institucionalizado ha sido problemático y se evidencia en la calidad de ciertas candidaturas.

Lo que vemos en la actual polarización política es la batalla por la silla presidencial en 2024; aunque en el fondo se encuentra la disputa entre dos proyectos de Nación. Uno, nacionalista y que pone como eje vertebrador el Estado Social y, el otro, el opositor, que reivindica la continuidad del modelo impulsado desde 1982, basado en una estrategia de achicamiento del Estado y de privatización de la actividad económica.

Sin embargo, estamos ante un pleito desigual. Se trata de categorías distintas. Digamos que parece un enfrentamiento entre un peso completo y uno ligero. En redes sociales, la oposición luce a veces como Jorge Kahwagi en su combate contra Ramón Olivas en julio de 2015 en Japón: un pleito arreglado, falso. En la realidad la oposición tiene poca resistencia. La única manera de ganar algunos rounds es con marrullería y golpes bajos. Ese es un grave problema para nuestra democracia que exige una buena condición física y equilibrio de fuerzas entre los contendientes. Pero los retadores no han hecho buen trabajo en campamentos de altura. Se caen muy fácilmente ante cualquier intercambio de golpes.

El 21 de septiembre de 1981 se enfrentaron Wilfredo Gómez, el bufón de Puerto Rico, y nuestro Salvador Sal Sánchez, un verdadero ídolo popular. Era la pelea del orgullo. Gómez había estado calentando el combate, hablando mal de Sánchez y de los mexicanos. Era un peleador invicto y decía que destruiría al mexicano. El desenlace lo conocemos, Sal Sánchez masacró y noqueó al bocón en el octavo round.

*- El autor es investigador de El Colegio de la Frontera Norte.

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