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Arte conceptual: simulacros, fraudes y fake news

En tiempo de simulacros y avatares, donde todo mundo dice poseer talento artístico sin necesidad de demostrarlo, donde muchos creen que un título en artes es prueba suficiente de creatividad, los objetos/sujetos que se presentan como obras de arte pocas veces logran ofrecernos pruebas fehacientes de que lo son.

Por Gabriel Trujillo

En tiempo de simulacros y avatares, donde todo mundo dice poseer talento artístico sin necesidad de demostrarlo, donde muchos creen que un título en artes es prueba suficiente de creatividad, los objetos/sujetos que se presentan como obras de arte pocas veces logran ofrecernos pruebas fehacientes de que lo son. De ahí el auge (y el desprestigio consiguiente) del arte conceptual que se ha adueñado de la escena artística vendiendo su esquema Ponzi (inflar artistas y obras más allá de su intrínseco valor) a todos los ingenuos que lo compran, a todos los consumidores que aceptan la mediocridad como norma creativa. Algunos dicen que es una ambición genuina. Yo digo que es un fraude a la vista del público, un acto de corrupción donde están involucrados no sólo el gremio artístico sino curadores, museógrafos, académicos, galeristas, críticos de arte, periodistas culturales, casas de subastas, empresarios lavadores de dinero y funcionarios públicos que aceptan cualquier obra conceptual sin cuestionar sus méritos propios, no vaya a ser que queden en ridículo, que se vean fuera de moda, que se les llame obsoletos. Pero lo verdaderamente obsoleto es repetir, como malas copias, un arte que ya tiene más de 100 años de existencia y que dio sus mejores obras en la primera mitad del siglo XX.

¿O quién puede ganarle a una fuente que sólo es un mingitorio glorificado? Marcel Duchamp, su creador, con esta primera obra conceptual de 1917 nos hizo ver que estábamos sujetos a una educación visual que no nos permitía ver los objetos que nos rodeaban más allá de su función práctica. Al romper con esa barrera, todo podía ser arte si configuraba un concepto original, inédito. El arte se volvió una varita mágica con la que se podía transformar lo ordinario en extraordinario, los artefactos cotidianos en ideas artísticas novedosas, desafiantes, vivas. Pero eso fue hace más de una centuria. ¿Recuerdan? En nuestra era, ¿qué tan novedoso o desafiante es un arte que se repite como un chiste contado tantas veces que ya no escandaliza a nadie? Por eso, las voces disidentes, como la de Angelina Lésper, son necesarias para revelar las fake news del arte contemporáneo, para exponer el manto de palabras huecas que lo rodea para otorgarle un prestigio del que intrínsecamente carece, para proteger su inversión como producto cotizado en el mercado del arte. Lésper al habla: “¿Qué haremos con el arte que impulsa el mercado neoliberal, se burla del talento e impulsa sus falsos valores, que hace estrellas, que vende como arte a la basura, a los plagios, a la ocurrencia, y manipula el mercado como casinos.”

Estamos, pues, ante imposturas artísticas del mismo nivel que las imposturas intelectuales denunciadas por el sociólogo Alan Sokal. Una confabulación de intereses que, como dice el crítico cubano Luis Cino Álvarez, crea discursos que sirven “para disfrazar la falta de talento”, obras de timadores que son “aplaudidos por los incautos” que quieren hacerse pasar como “cultos y sofisticados”, que nadan “en las aguas revueltas del esnobismo, la pedantería, la extravagancia y la facilidad.” Y vuelvo a Lésper: “el resultado de la obra depende de las capacidades y limitaciones del artista. No de las teorías. No de la receta.” Aquí me atengo a lo dicho por Denis Dutton en su obra El instinto del arte (2010): el arte cuenta con ciertos rasgos característicos que son placer, habilidad/virtuosismo, estilo, novedad/creatividad, espíritu crítico, representación, centro de experiencias, expresividad propia, emotividad, desafío intelectual, formar parte de la evolución del arte en su contexto e impulso imaginativo.

Es hora de que examinemos cada obra que nos pongan enfrente y veamos si posee tales rasgos para llamarla arte. Si cuenta con ellos, podemos darnos por satisfechos. Pero si no es así, es momento de ponerla en el recipiente de basura más próximo. Porque el arte es más que entretenimiento, más que discurso teórico, más que argucia conceptual. El arte es la obra que nos libera de nosotros mismos y, a la vez, nos revela lo que realmente somos, pensamos y sentimos. Nos otorga la capacidad de imaginar el universo con otra mirada, con otro sentido de la realidad. El arte es lo conocido y lo inesperado, lo personal y lo colectivo. La suma vital frente a nuestro paso por el mundo, de cara a nuestra propia extinción.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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