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Aníbal Gallego Gamiochipi: la promesa trunca

En la literatura bajacaliforniana hay corrientes visibles a lo largo de su evolución histórica: la Californidad y su canto a lo nuestro, sería un ejemplo. O la generación de la ruptura que da inicio con el Taller de Amerindia, sería otro. Pero también hay tendencias que pasan inadvertidas para los conocedores.

Por Gabriel Trujillo

En la literatura bajacaliforniana hay corrientes visibles a lo largo de su evolución histórica: la Californidad y su canto a lo nuestro, sería un ejemplo. O la generación de la ruptura que da inicio con el Taller de Amerindia, sería otro. Pero también hay tendencias que pasan inadvertidas para los conocedores. Pienso en la narrativa picaresca que se dio a conocer en la segunda mitad del siglo XX con autores como Aníbal Gallegos Gamiochipi y Héctor Gasca Reynoso. Ambos abogados litigantes. Ambos escritores que no perdonaban el menor tropiezo al examinar la conducta de los demás, al escudriñar las vidas ajenas con alevosía y ventaja.

Don Aníbal nació en Guadalajara en 1921, muriendo en San Diego, California en 1967. Abogado, periodista y fundador de la Asociación de Escritores de Baja California y de la Asociación de Periodistas de Baja California entre 1964 y 1965, también formó parte de la Asociación de Escritores de México con sede en Tijuana. Publicó sus crónicas y comentarios en La voz de la frontera y El mexicano, los principales diarios que existían en la entidad en la década de los años sesenta del siglo XX. Es autor del libro Nosotros los mexicanos. 81 ensayos psicopáticos (1966), que muestra decenas de retratos periodísticos de personajes famosos en aquel entonces, así como Mis amigos delincuentes. Confesiones de un abogado criminalista (1966). 

En sus libros, Gallegos Gamiochipi logra hacer, con ingenio y socarrona simpatía, un retrato veraz de políticos, periodistas, artistas y empresarios de todas partes del país, pero especialmente de Baja California. A todos, sean quienes sean, los baja de sus pedestales y los examina con la lupa de la ironía, con el lente del humor. Así, en vez de endiosar personajes públicos, los interpreta como si fuera un psicoanalista. Y allí Gallegos Gamiochipi acierta del todo en su retrato de Rubén Vizccaíno Valencia, en cuanto a que su vocación innata era la de mecenas, pues “no creo que ni el propio Cayo  Mecenas, el caballero protector de Virgilio, haya impulsado mayor número de nuevos valores”. Y lo mismo hace don Aníbal con los políticos, como el licenciado Braulio Maldonado, primer gobernador del estado libre y soberano de Baja California: “Simpático, dicharachero…Se decía que recibía en manada. Y era verdad. A todo el mundo atendía y a nadie le resolvía. Pero siquiera permitía que la gente se desahogara. No gustaba de la ostentación, era humilde. A veces demasiado humilde. En favor de Maldonado como gobernante, debe apuntarse que le tocó estructurar un estado nuevo, con las consecuentes dificultades que eso entrañaba…Su oratoria fácil era como una plática convincente y demagógica. Tenía la elocuencia del corazón.”

 Gallegos Gamiochipi estudió leyes en la Universidad Nacional Autónoma de México. Allá, desde joven, se movió como pez en el agua. Santos Silva (El Río #36, abril-junio 2017), que lo conoció mientras estudiaba la preparatoria y la carrera de Medicina entre 1938 y 1945, recuerda que se formó el Bloque de estudiantes bajacalifornianos en la capital del país: “La primera mesa directiva de ese bloque, el presidente fue Ramiro Caloca, yo fui secretario y el tesorero, Pedro Zúñiga. Pero había una revistita de Aníbal Gallego Gamiochipi, editor, él era alumno del Politécnico, pero terminó derecho en la UNAM, entonces esa revista era Internoz se llamaba, le gustaba mucho las publicaciones periodísticas; él se alió mucho con el bachiller Álvarez y Fuentes, “amo y señor del buen decir” y un día tuvimos sesión, nombramos una mesa directiva allá.” Junto con Guilebaldo Silva, Aníbal apoyó para que se impulsara la creación del estado libre y soberano de Baja California. Santos Silva lo recuerda empeñoso, batallador. Pero lo que de él más rememora es su muerte: “murió en un accidente en San Diego, lo mató una gringa. Él no tomaba nunca, nunca probó una copa de licor. Iba de Tijuana y de San Diego venía una señora americana en estado de ebriedad que se saltó el alambrito de los cuatro carriles y le pegó a Aníbal, fue el único que se murió. Por el mundo voy buscando un ¿un qué? Una canción que le gustaba a los muchachos y se la compusieron al revés: Por el mundo voy buscando un individuo más feo que el topo, monje loco, monje loco. Era bueno, muy bueno, lástima que haya muerto.”

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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