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AMLO, tres años después

Al cumplir tres años en la presidencia de México, ¿cuál es el balance que se puede hacer del gobierno de Andrés Manuel López Obrador?

Por Benedicto Ruíz Vargas

Al cumplir tres años en la presidencia de México, ¿cuál es el balance que se puede hacer del gobierno de Andrés Manuel López Obrador? En una respuesta rápida, se puede afirmar que hay bastante evidencia de que los resultados están muy lejos de lo que prometió hacer. Faltan tres años, sí, pero el sexenio se encamina ya hacia el final.

Partamos de algo importante: el país que AMLO recibió estaba ciertamente destrozado y, como se ha podido comprobar durante este tiempo, funcionaba sobre una estructura cuya característica era la corrupción y la desigualdad, si por ésta se entiende una profunda inequidad en la distribución de los bienes y la riqueza nacional.

AMLO tiene razón en eso, el país funcionó durante los últimos treinta o cuarenta años a partir de una lógica en la que sólo unos cuantos (capitalistas, familias, clanes, etc.) se apoderaron de la riqueza, mientras más de 50 millones se hundían en la pobreza y en un mundo de carencias.

Esto no ha sido producto del neoliberalismo, como sostiene López Obrador, sino el resultado de un capitalismo depredador impuesto por los capitales locales e internacionales a lo largo de varias décadas.

El neoliberalismo en México exacerbó estas condiciones, pero no todo puede achacársele a sus políticas. La condición del país tiene raíces más profundas y algunas de ellas se vinculan claramente con el tipo de régimen político que se construyó después de la revolución de 1910, es decir, con el PRI, con el presidencialismo, la falta de democracia, el control de las masas y el debilitamiento de la oposición y la pluralidad política.

Este régimen procreó muchos males en México y ha costado mucho extirparlos. Sin embargo, es justamente el régimen político y económico que parece intentar restablecer López Obrador como alternativa al modelo neoliberal. Este régimen entró en crisis en los años 60, se cuarteó en los 70 y empezó a naufragar en los 80 y 90 hasta el triunfo de otro partido en el 2000.

Significó un salto histórico para el país, pero se extravió en la construcción de una nueva institucionalidad y no incidió en un cambio en las condiciones de vida de la gente, manteniendo o profundizando los enormes rezagos sociales.

AMLO se plantea erradicar las políticas neoliberales y construir un nuevo modelo social, económico y político donde tengan cabida los más pobres y necesitados, pero sus métodos han resultado peores que la enfermedad. En lugar de construir, destruye, barriendo con las instituciones y emprendiendo una embestida contra sus opositores, contra los otros partidos, los intelectuales, académicos, contra las clases medias, los empresarios, etcétera.

López Obrador desde el púlpito divide, fractura y polariza al país porque, en realidad, lo que más le interesa no es sentar las bases de un cambio social o de un nuevo “Estado de bienestar”, sino cambiar la relación de poder que ha prevalecido durante el régimen anterior. O, dicho de otra manera, lo que más le interesa es despojar del poder a todos aquellos grupos o sectores que, desde su perspectiva, están contra él.

Mediante la estigmatización y la polarización separa a la sociedad y obliga a unos a irse o repelerlo, mientras que a otros los atrae y los incorpora a ese nuevo círculo de poder que busca construir. Para él no hay “medias tintas”, como dijo en el Zócalo, o estás en un extremo o en otro, pero no en el centro.

AMLO no quiere hacer un gobierno tradicional que apoye al pueblo, como se dice, sino construir un andamiaje que impida que los “conservadores” regresen y tomen el poder. La fórmula por excelencia para ello es mantener movilizado a ese pueblo ya sea llenando las plazas públicas (como antier en el Zócalo), o a través de las consultas, y claro, con la revocación de mandato que representará la más grande movilización a mitad de su gobierno.

Todos estos mecanismos son, más que otra cosa, una manifestación de poder, del poder del líder que se apoya en el pueblo. Es lo que más le interesa. López Obrador no mide su gobierno por medio de resultados (en salud, economía, pobreza, corrupción, etc.), sino a través de la adhesión del pueblo a él. Mientras él tenga al pueblo, el mundo puede rodar y sus opositores gritar.

Sin embargo, esta relación líder-pueblo que López Obrador se ha esforzado en construir como nunca antes había sucedido, ¿puede ser una palanca para lograr un cambio sustancial en nuestro país? ¿O es algo pasajero, un momento especial que conjuga la inmensa necesidad de creer que tiene mucha gente y el mesianismo de AMLO?

O sólo es, quizás, una simple forma de ocultar la ineficiencia de un gobierno…apoyado por el pueblo. Es decir, un presidente poderoso pero sin resultados reales.

*El autor es analista político

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