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Columnas

¿A quién le estorba el INE?

El INE, por si no se sabe, es un organismo que condensa una lucha muy larga por la democracia electoral en México. Su creación (como IFE primero) no fue un alumbramiento total, pero sí representó un paso fundamental en un régimen político que se había regido por un solo partido y en donde las elecciones siempre las ganaba un solo partido (el PRI).

Por Benedicto Ruíz Vargas

El INE, por si no se sabe, es un organismo que condensa una lucha muy larga por la democracia electoral en México. Su creación (como IFE primero) no fue un alumbramiento total, pero sí representó un paso fundamental en un régimen político que se había regido por un solo partido y en donde las elecciones siempre las ganaba un solo partido (el PRI).

Han pasado 31 años de su creación: 24 como IFE (1990-2014) y siete como INE (2014-2021) y nunca había sido amenazado como ahora. Cuesta mucho trabajo creer que estas amenazas y presiones que está sufriendo vengan de un gobierno que se dice de izquierda (aunque no lo sea), cuando fueron realmente los partidos de la vieja izquierda (de los setentas y ochentas) los que más salieron beneficiados con la creación del organismo electoral.

Todos o casi todos los partidos políticos han tratado desde entonces por hacerse de su control o por influir de manera decisiva en este organismo, pero ninguno había intentado desaparecerlo o maniatarlo completamente como lo está haciendo ahora el presidente López Obrador y su partido Morena. Sobre todo en vísperas de una elección como la de ahora.

Nunca se había dado por parte del gobierno una embestida brutal, abierta, para desprestigiar al árbitro electoral como lo está haciendo AMLO, basado en un sin fin de argucias y enfoques que dejan entrever más bien un profundo odio por parte del presidente, derivado de aquella histórica elección de 2006 en la que el IFE dictaminó el triunfo para Felipe Calderón.

López Obrador quedó anclado a esa experiencia, aunque también la utiliza para movilizar y agitar políticamente entre sus seguidores y entre muchos grupos sociales que la conservan en su memoria. Es parte de su capital simbólico que le sirve para justificar que el INE no sirve porque está dominado por los “conservadores”, o porque está al servicio del “Prian”.

Sin embargo, es más que evidente que la embestida contra el INE obedece a que éste le impone las reglas que están establecidas en la Ley, y a las que tanto AMLO como Morena no quieren someterse. Una de estas reglas tiene que ver con la propaganda gubernamental y, la segunda, con un aspecto decisivo para López Obrador y Morena como es la “sobrerrepresentación” en la Cámara de Diputados, que se logra mediante el trasvase de legisladores entre un partido y otro con el fin de lograr la mayoría calificada, como lo hizo Morena (tramposamente) en esta legislatura.

El temor de López Obrador es que algunas medidas establecidas por el INE no le permitan a Morena construir una mayoría calificada en la elección de 2021, complicando su proyecto de gobierno y haciendo más difícil el triunfo de este partido en la elección presidencial de 2024.

Para evitar este posible escenario, AMLO prefiere destruir al INE y catalogarlo como el peor enemigo de la democracia y el proceso electoral, revitalizando con ello varios rasgos que caracterizaron a la clase política mexicana y de manera muy acentuada a una izquierda autoritaria y antidemocrática que desdeñaba la democracia electoral, apelando –como lo hace ahora López Obrador- a la democracia “del pueblo”.

El problema es que si el INE desaparece o el gobierno toma su control absoluto (con lo que evidentemente quedaría anulado), ¿qué quedaría en su lugar? ¿Qué habría en lugar del INE? ¿Volveríamos a los tiempos en que el gobierno organiza las elecciones y es el mismo gobierno el que cuenta los votos?

Hay muchos ciudadanos que se hacen eco de esta visión y apoyan la postura del presidente López Obrador, sin percatarse que si esto llegara a suceder el país se perfilaría claramente hacia una dictadura, o hacia lo que, en medio de la niebla que constituye el pensamiento “amloísta”, se busca que en lugar de que haya un gobierno de “una minoría” se establezca en su lugar un gobierno de “la mayoría”.

Un gobierno de la mayoría pero representado por un solo líder, un caudillo, un presidente, como piensa López Obrador, un guía moral y espiritual, sin mediaciones de ningún tipo, sin otras instituciones que estorben la íntima y directa relación entre el pueblo (verdadero) y su líder.

Es un poco la experiencia más reciente que han tenido algunos países latinoamericanos como Venezuela, Nicaragua y obviamente Cuba que en aras de una revolución o de cambios sociales y políticos más radicales, el pueblo le entregó todo el poder a un solo líder (militar o civil), o mejor dicho, éste se los impuso por la fuerza o por un discurso a favor de los más pobres.

Sin embargo, ningún cambio tiene algún valor si no hay democracia.

*-El autor es analista político.

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