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Columnas

47 años…

Llegué a la Ciudad de México en mayo de 1981; mi objetivo era estudiar primero una maestría, y si se podía, el doctorado en Ciencia Política en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Por Victor Alejandro Espinoza

Llegué a la Ciudad de México en mayo de 1981; mi objetivo era estudiar primero una maestría, y si se podía, el doctorado en Ciencia Política en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Mi generación tenía como meta estudiar en la UNAM y posteriormente en Europa. No en otra institución de posgrado mexicana y tampoco en Estados Unidos. Sobre todo, quienes nos inclinábamos por disciplinas sociales, fuimos motivados por el contexto político de América Latina.

En los años setenta vivíamos el estertor del desarrollo estabilizador, el fin del milagro mexicano. Éramos también los hijos de la generación del 68. Nos tocó enfrentar el fiero autoritarismo mexicano y luchar por la apertura democrática de un sistema con movilidad social, pero sin pluralismo político. Para quienes se alineaban con el sistema autoritario había oportunidades; para los que nos oponíamos a la falta de libertades: exilio.

Vivimos la llegada al poder de la Unidad Popular en Chile en 1970 con el triunfo de Salvador Allende. Hicimos nuestra la victoria de la coalición de izquierda y sufrimos con el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 perpetrado por el ejército y encabezado por el General Augusto Pinochet. Acontecimientos que nos marcaron como generación. Con la llegada de los militares y la cancelación de la democracia inició también un régimen de terror que llevó a muchos chilenos al exilio.

Uno de los peores desgarramientos y pérdidas sin duda es la salida forzada del país, de tu tierra y dejar tus querencias y tu gente. Es uno de tus peores momentos en la vida. Los que hemos padecido el exilio lo sabemos. A mí me tocó una salida forzosa dentro de mi propio país, producto del autoritarismo de un gobernador como Roberto de la Madrid Romandía, en complicidad con el rector de la UABC, Rubén Castro Bojórquez. Ante la tragedia de una salida intempestiva de mi tierra tuve la fortuna de encontrar amistades y solidaridades en la Ciudad de México. Una de ellas la de José Álvarez-Icaza Manero quien me abrió las puertas del Centro Nacional de Comunicación Social. Pero también encontré a algunos de mis mejores y queridos amigos

Una de las paradojas de nuestro país es que la política de asilo permitió la llegada del exilio latinoamericano producto de los golpes de Estado que tuvieron lugar en el Cono Sur: Brasil en 1964, Argentina en 1976, Uruguay en 1973, Perú en 1975 y la represión autoritaria en diversos países de América Latina. Era una forma de brindar un ropaje democrático en un país autoritario. Sin embargo, eso permitió un gran auge en las ciencias sociales en México.

En 1981 aprobé el examen para ingresar a la maestría en Ciencia Política de la UNAM, universidad a la que habían llegado enormes académicos exiliados. Fueron años de florecimiento de nuestra querida universidad. Era la mejor opción para el estudio de la Ciencia Política en América Latina. Tuve la fortuna de ingresar a uno de los cursos que enseñaba Agustín Pío García sobre Estado y Sistemas Políticos. Era un personaje con una gran formación en Chile y Francia. Fue una de mis mejores experiencias académicas (junto con el inolvidable José María Pérez Gay). Nos hicimos amigos, pero mi regreso a Baja California nos hizo perdernos la pista. Supe que regresó a Santiago y que había abierto una librería. Y ya no supe más.

Dos plebiscitos permitieron el regreso de Chile a la democracia: el 5 de octubre de 1988 los chilenos decidieron que Pinochet no continuara al frente del gobierno. Mi estimado profesor, como miles de chilenos, debió haber regresado posteriormente. El domingo 25 de octubre de 2020, 47 años después del golpe de Estado, los chilenos dieron una vuelta de tuerca y decidieron acabar con los resabios de una constitución promulgada por el régimen militar el 21 de octubre de1980, al aprobar en el plebiscito dar paso a una nueva constitución redactada por una convención constituyente electa, compuesta por 155 personas de manera paritaria. Este lunes 26 me despierto con una canción que entonábamos en los años 70 y 80 y que fue un símbolo de la resistencia y que hizo popular el grupo Inti-Illimani: “El pueblo unido, jamás será vencido”. Busco en Internet y me encuentro sano y trabajando a mi querido profesor Agustín Pío García, hoy cónsul honorario de chile en Belgrado, Serbia. La vida siempre da segundas oportunidades. ¡Qué maravilla!

*- El autor es Investigador de El Colegio de la Frontera Norte/Profesor Visitante en el Centro de Estudios México-Estados Unidos de la Universidad de California en San Diego.

 

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