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Columnas

A la altura

 En más de una ocasión en mis editoriales he reflexionado sobre lo lamentable que resulta el hecho de que la política se encuentre secuestrada y pervertida por mercenarios profesionales disfrazados de “políticos”.

Por Rogelio Perez

“Yo soy yo y mis circunstancias"

Ortega y Gasset

 En más de una ocasión en mis editoriales he reflexionado sobre lo lamentable que resulta el hecho de que la política se encuentre secuestrada y pervertida por mercenarios profesionales disfrazados de “políticos”.

Es justo reconocer que existen sobradas excepciones de funcionarios públicos en verdad comprometidos con su tarea de servicio, sin embargo, esa camarilla de gente sin escrúpulos que también abunda y cuyas características dan vida a un monstruo de letal conformación ausente de toda ética y principios, proclive a la perversidad, la corrupción, el cinismo, la traición y la componenda dando pie a una conducta desvergonzada que raya en lo indecible representando un pesado lastre para el avance de nuestro país y estado. 

Sin duda alguna la política no es eso.

Como ciudadanos no debemos convencernos de que quienes nos gobiernan no tienen remedio. Sería un error pues a final de cuentas, con nuestra apatía, daríamos pie a que sean  precisamente ellos ó sus clones de ocasión los que nos seguirán gobernando a pesar de que los detestamos.

En contrapartida, tenemos que lograr conformar y sentar las bases para impulsar a quienes en verdad quieren hacer política de la buena, esa que al ejercerla con vocación y principios éticos representa el arte de lo posible; la del valor de la palabra empeñada que se cumple; la que da sentido a la reciprocidad del compromiso mutuo establecido con la firme idea de que se cumplirá; la que hace alarde de la tolerancia y se presta a generar consensos; la que prioriza el respeto por el bienestar general antes del particular; la que piensa en grande con visión de futuro para las nuevas generaciones; la que encuentra en la pluralidad de ideas el sustento de una propuesta enriquecida…

No podemos seguir esperando a que alguien más haga lo que nosotros no estamos dispuestos a construir.

La sociedad civil inmiscuida en la vida pública es la única que podrá encauzar esta lucha que tanto nos urge ganar… que tanto merece la pena llevar a cabo… con la idea de gestar la aparición de una nueva generación de servidores públicos que comprendan la imperiosa necesidad que tiene  el ánimo social aletargado por tantas promesas incumplidas con la idea de conformar una suerte de plataforma de relanzamiento en un mundo en donde la competitividad es la palabra.

Hoy más que nunca, desde la trinchera de la sociedad civil, es por donde mejor podremos hacer presión para que las autoridades en turno se sujeten a sus responsabilidades y hagan valer la confianza que se les otorga. 

Asumamos con entereza la realidad en el sentido de que quienes pervierten y prostituyen el ejercicio de las funciones públicas pugnan por minimizar, si se puede anular, el escrutinio de la sociedad civil organizada con el objetivo de hacer y deshacer sin que nadie se interponga en su camino.

Estemos a la altura sin dejar de advertir lo peligroso que resulta para México el seguir abonando, en medio de las crisis económica y sanitaria que nos azotan, la polarización irresponsable de quienes pretenden desviar la atención de los temas prioritarios con la intención de defender lo indefendible en donde se insiste en ver el árbol y no el bosque que nos plantea el inmenso reto en el que todos estamos inmersos. 

Vivimos tiempos delicados que ameritan sensatez, tolerancia y respeto como las bases mínimas de entendimiento de donde partir.

Hagamos lo que nos corresponde sin es que queremos estar en posición de exigir a la contraparte hacer lo propio ante las nuevas circunstancias y así advertir, sin duda alguna, quién estuvo a la altura...

Es lo justo y necesario.

*El autor es editorialista local/consejero CDEM.

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