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Columnas PÓSTIGO

Póstigo

Por Antonio Medina de Anda

Entre Tlatelolco y Ayotzinapa En la tarde noche de este 2 de octubre terminan 50 años, pasó medio siglo de cuando soldados del Ejército, policías y grupos de choque mezclados entre manifestantes pacíficos desataron con premeditación, alevosía y ventaja un cobarde asalto que arrebató la vida, sueños y esperanzas de estudiantes y ciudadanos demandantes de justicia, democracia y libertad. Hoy, a cinco décadas del desgarrador genocidio el solo mencionar Tlatelolco o Plaza de las Tres Culturas patentiza los furiosos impulsos que la juventud, por la naturaleza de su edad, provocaban en el psicópata presidencialismo, en particular, tratándose de estudiantes de izquierda que por críticos, contestatarios y militantes desencajaban el rostro autoritario de la casta gobernante panteonera de la paz de los sepulcros quienes, ante el menor reclamo, respondían con la fuerza policiaca que de tanto martillar grabaron, sobre la cripta de los caídos, un doble capítulo: La inmortalidad de los sacrificados y la revelación del carácter represivo e impune de un régimen que hasta entonces había ocultado su vocación despótica. Por supuesto de aquella generación herida muchos y muchas han partido, no obstante, el tiempo se quedó para testificar no solo la repulsa hacia los criminales sino, de igual manera, señalar con índice de fuego a los responsables que ordenaron a los verdugos abrir fuego sin miramiento alguno por tratarse –en sentencia de la aristocracia gobernante– de “salvaguardar el respeto, armonía y paz social” amenazadas, remacharon, por “ideas extranjerizantes”. Enrarecido estribillo fascista tantas veces duplicado por la prensa, radio y televisión que degradada endilgó sus oscuras banderas tanto a jubilados como a vigentes “chayoteros”. Del pasado crimen contra la humanidad han sobrevenido meses y años, mientras los culpables, durante esa larga travesía, jamás fueron tentados ni con el pétalo de una rosa, antes al contrario, la mafia del poder los inmunizó por el resto de sus placenteras vidas hasta que uno tras otro la muerte los ató, maldijo y sepultó entre los despojos de la historia: Díaz Ordaz, García Barragán, Corona del Rosal, Martínez Domínguez, Gutiérrez Barrios, Fidel Velázquez, Televisa y otros tantos hostigadores cuyas calaveras acechan ansiosos la de Luis Echeverría Álvarez: obstinado sobreviviente de la injusticia. Porque si algo ha pendido del cinturón es la espada que a voluntad de la intolerancia el sistema despliega sobre obreros inconformes, indígenas insumisos, campesinos rebeldes o líderes opositores como procedimiento de acallar la resistencia inconforme hacia un poder que, a pesar de las bayonetas, el otoño de 1968 abrió el camino de la organización y movilización ejemplificada por el movimiento estudiantil. Cinco décadas agotadas de aquel borrascoso calendario. Imborrable periodo situado entre un Tlatelolco marchito y el triste retoño de Ayotzinapa. Mediodía de un siglo cicatrizado por la misma clase política teñida de sangre joven. Extendido cementerio excavado por el despotismo priista. Inacabable ciclo de cínica corrupción que mantiene en incesante duelo a los de abajo que por olvidados no figuran en el mapa de los exquisitos matasiete. Aunque los azotados de hoy, constata la historia, pueden ser los sublevados del mañana… * El autor es diplomado en Periodismo por la UABC.

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