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Columnas PÓSTIGO

Póstigo

Por Antonio Medina de Anda

Duros de mollera Andrés Manuel López Obrador y el equipo responsable de materializar los fines económicos, administrativos y sociales de mediano y largo alcance previamente acordados, van en la dirección consecuente porque su valor político estriba, por un lado, en la aspiración del Proyecto de Nación, y por otro, en los compromisos de campaña configurados por el Presidente electo, senadores, diputados, gobernadores y munícipes, vencedores merced al voto que millones de ciudadanos convirtieron en un ¡ya basta! por tanta corrupción, ilegalidad, desigualdad y procederes antipatrióticos. Cierto que del “dicho al hecho hay mucho trecho”, en razón, más allá de cualquier comprensible resistencia, a la defensa de intereses exclusivos individuales y grupales que, intocables durante décadas, no serán fáciles de mesurar y menos desalentar por existir enclaustrados, y casi endiosados, en fantásticos caudales tanto materiales como culturales, que confabulados recrean el universo placentero, arrogante y déspota de las élites habituadas a que los simples mortales, el pueblo, subsista sumiso y tolerante ante la dicha de poder servir, cabizbajos y humillados, a la soberbia autoritaria e impune que se les asignó del nacer al morir. Derivado de aquella gravosa carga, y ceñidos a sus propias reglas, la casta de horca y cuchillo 98 años más tarde (1920-2018) perdió la hegemonía electoral, y con ello, dejó de secuestrar al país que tanto han saqueado, deshonrado y arruinado en pleitesía de una rapacidad descarada e inmutable la cual, así parezca disco rayado repetirlo, se ha perpetuado en dos extremos: la que representa cierta minoría adueñada de México; y la ejemplificada por una descomunal mayoría omitida y postergada la que finalmente harta optó por un derrotero comicial diferente al eternizado. No obstante haberle decomisado al PRI-AN el gobierno a través del sufragio y junto a ello el privilegio a los señoríos del dinero el reto es, en parte o mucho, encauzar el cambio verdadero llevándolo hasta la cúspide, en dirección del alivio de la vieja herida testimonio de la desigualdad social, sesgo de la justicia o abuso laboral, por solo mencionar algunos que, por su magnitud reivindicativa, aun sin entrar en ejercicio el naciente Poder Ejecutivo, Judicial y Legislativo, ya en los hechos los grupos facciosos a través de los laberínticos sótanos donde ajetrean (líderes sindicales de oficio, comentaristas, analistas o afilados voceros empresariales) se desviven impugnando determinadas directrices proclamadas por Andrés Manuel. Justamente cuando la ética política afecta intereses inmorales, ilícitos o de origen viciado las contradicciones empujan a los presumibles infractores hacia el desquite que suele culminar, en el peor de los escenarios, en lo que la historia en cada circunstancia ha constatado sin importar la dureza del desenlace. Precisamente por eso las mexicanas y mexicanos sobrados de modestia, audacia y decoro ahora y aquí lo mínimo que reclaman es instituir un auténtico estado de derecho donde, los sentimientos que quedan, correspondan a las libertades que faltan, (ya que) lustro tras lustro dicha redención una vez y otra también ha sido anulada por la senil satrapía que se resiste a morir… * El autor es diplomado en Periodismo por la UABC.

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