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Columnas PÓSTIGO

Póstigo

Por Antonio Medina de Anda

Peñascazo priista En la década de los 70 solamente los que no deseaban saber ignoraban que en la zona serrana sinaloense operaban sembradores, cosechadores y repartidores de mariguana sin desdén a sacarle jugo a los viveros de amapola. Tiempos donde la pobreza, igual o peor que ahora, tatuaba la vida diaria de los campesinos a causa del abandono y menosprecio que el PRIgobierno imponía a los montañeses y a sus temporalearás “parcelas” tan deprimidas por excesivas lluvias como desdichadas por las sequías: labriegos atados e impedidos a liberarse. Y sobre la herida abierta de aquella desesperanza aterrizaron, precisamente, los señores del narcotráfico que ni tardos y menos perezosos ampliaron operativos de reclutamiento, adiestramiento, trabajo y asistencia hacia comunidades enteras las que frente a su coraje, escasez y deseos de una mejor vida renovaron alientos, así hubiesen de endurecer el semblante o encañonar a quien se les atravesara con tal de sacudirse una larga y honda opresión. Preciso recordar que sobre dicho pretérito un servidor estudiaba, o más modestamente, figuraba inscrito en la Universidad Autónoma de Sinaloa (campus Culiacán) lo que permitió intuir la presencia del comercio y consumo de estupefacientes donde, a diferencia de posteriores años, la violencia de sello narcotraficante jamás intranquilizó la vida urbana ni rural virtud a su entrelazado perfil en operaciones mercantiles, financieras o de cruce hacia el territorio estadounidense, que de acuerdo a un estudio de la facultad de economía, directa e indirectamente implicaba a casi un 30% de sinaloenses en razón de la creación de empresas, inversiones turísticas, bienes raíces y empleos. No obstante el panorama descrito, el agente encubierto de la CIA, Luis Echeverría Álvarez (presidente de la Republica), desenfundando el brazo ejecutor antes desplegado en la masacre estudiantil de 1968 ordenó al Ejercito llevar a cabo la “Operación Cóndor” para interrumpir hasta extirpar el cultivo de enervantes situados en colinas, cerros y cumbres enclavados en la cordillera que une a Sinaloa, Chihuahua y Durango, lo que motivado por quién sabe qué intereses al final el propalado trueno y tiro le salió al régimen por la culata pues la proclamada exterminación acabó en lo caricaturesco puesto que, 45 años después del intento militar, los rendimientos del negocio se han agigantado en lo económico y criminal con su correspondiente impunidad y corrupción de funcionarios públicos, empresarios, banqueros, clase política, mandos militares y policías. Entonces ¿qué pretende la llamada Ley de Seguridad Interior? La perversa iniciativa peñista-priista apela al empleo y acción arbitraria de soldados y marinos en la vida política y social de los mexicanos pretextando, como antes y ahora, reglamentar la intervención de las fuerzas armadas en el combate al crimen organizado pero, curándose en salud propia, dándole amplias facultades a los escuadrones y pelotones castrenses para orientar sus armas, municiones y pertrechos de forma amplia y abusiva, es decir, legalizar lo que en la práctica han hecho sin marco jurídico alguno. Algo semejante al “mátenlos en caliente” ordenado y aplicado por el dictador Porfirio Díaz… * El autor es diplomado en Periodismo por la UABC.

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