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Columnas Cácaro

Palabra por palabra

Por Miguel Ángel Lino

No me las voy a dar de cinéfilo noctámbulo porque en realidad soy un simple “cinero desvelado”. Desde niño me ha gustado el cine y ahora –en mi tercera transformación– El séptimo arte me arrebata con furor y más todavía porque tengo un hijo cineasta. Quien por cierto es mi consejero de cartelera, como si dijera mi médico de cabecera. Como no me queda de otra, soy el cácaro de mis funciones. Enciendo el aparato reproductor, busco la película, modulo el sonido, reviso que tenga los títulos en español (particularmente si está hablada en sueco), la inicio y la amplifico en toda la pantalla. Habilidad desarrollada por cautivos en Netflix. Pero, perdón, me fui de largo y no les explique a los jóvenes que leen mi columna (por si los hubiera) qué significa cácaro. Pues es el proyeccionista, sujeto que opera del proyector. Mi colega, vamos. Abajo desmenuzo dicha palabra, pero anticipo que Cácaro no se inspira en un personaje mitológico, como Ícaro, sino en el apodo de un pobre muchacho proyeccionista picado de viruela… Hecha la aclaración, le cuento que el pasado 29 de octubre en el Ceart, impulsado por mi atracción hacia los libros, asistí a la presentación de “Un deseo llamado cine”, obra autobiográfica de Nedda G. de Anhalt. No tuve el privilegio de conocer a la autora quien no pudo asistir, pero la presentación la hizo un cinéfilo de a de veras: Fernando García Rivas, leyendo una texto ameno, coloquial y revelador. LA PALABRA DE HOY: CÁCARO Cuenta la leyenda urbana que José Castañeda, propietario del cine Salón Azul de Guadalajara, a principios del siglo XX, tuvo un asistente llamado Rafael González, joven al que la viruela lo había dejado cacarizo y al que malamente apodaron Cácaro. Rafael fue aprendiz de proyeccionista y cuando la cinta se atoraba o quemaba, “el respetable” le gritaba: ¡Cácaro, no te duermas!; ¡Cácaro, deja la botella! Es una lástima, pero la palabra cácaro se ha ido apagando hasta convertirse en arcaísmo en virtud de que la tecnología automatizó los procesos de proyección. Hoy el cácaro no monta cintas ni pega celuloides. Aprieta botones. Y si se llega a escuchar en el cine: ¡Luz, cácaro! Seguro que el gritón data de “Lo que el viento se llevó”. DE MI REVISTERO: EL HILO DE ARIADNA Revista de gran formato con 22 páginas, incluidas portada y contraportada, que leí de cabo a rabo disfrutándola enormemente. La merqué en la presentación del libro “Un deseo llamado cine”. Es el número uno y está dedicada a “Mis amores en la sala oscura”, otro título de Nedda G. de Anhalt. En el singular prólogo escrito por Nedda, poeta y narradora cubana de nacimiento y mexicana por adopción, me enteré de que en La Habana de su infancia había más cines que en Nueva York o París. Siendo muy niña, sus papás la metieron de contrabando al cine en donde se proyectaba “Doctor Jekyll y Míster Hyde”. Su mamá le tapaba los ojos y ella abría una rendija para mirar entre los dedos. Su pasión por el cine la ha llevado a 33 ediciones seguidas del Festivales de Nueva York… ¡Fin! ¡Luz, Cácaro! El autor es profesor de Redacción Creativa en Cetys Universidad.

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