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Columnas PALABRA POR PALABRA

Palabra por palabra

Por Miguel Ángel Lino

Pipirín ¡Todos a la mesa, nos ordenaba nuestra comandante! Llamándonos a rancho cuando estaba a punto de servir el pipirín. Lo refiero en términos militares porque formábamos un destacamento de 12 comelones comensales, diez hijos más mis progenitores que, heroicos, mantenían a la prole en concordia y bien alimentada. Sin alardes, éramos un espectáculo marcial pasando de manos en mano la sopera, metiendo hábilmente el cucharón para servirnos más coditos y menos caldito. En el lugar de “pásame” quedan los últimos en llegar a la mesa. Sí, porque era un continuo pásame un bolillo o pásame la jarra con agua de limón que era de cajón o el platón con arroz rojo con zanahorias, chicharitos y saborizantes ramitas de perejil. Y aun siendo tantos, siempre había lugar para algún invitado que se quedaba con la boca abierta ante la desaparición de la columna de tortillas que segundos antes rebosaba en el tortillero. Para qué negarlo: éramos tragones de corazón y no perdonábamos adobos, moles o pipianes. Comíamos nopales navegantes con huevos duros, huauzontles capeados y frijoles caldosos que en un descuido de la jefa bebíamos del plato. ¿Ajos y cebollas? ¡Claro que sí! Pero sólo en los guisos y no en las sabrosas pláticas. Así fue, había substancia de convivencia porque no existían los celulares. LA PALABRA DE HOY: PIPIRÍN Morder o roer en náhuatl se dice 'pipitzoa' y –por derivación– a todo lo que se come: 'pipirín'. Resulta curioso que 'pipina' sea simplemente “chupar cañas de azúcar” y, en cambio, pipián –con la misma raíz etimológica– sea un laborioso guiso de carne o de ave, con ajonjolí, cacahuates y pepitas de calabaza tostadas, todo bañado con salsa de chiles guajillos molidos en metate: “Como lo hacía mi mamá”. Existe la teoría lingüística que los conquistadores españoles al escuchar a los mexicas (aztecas) pronunciar el vocablo 'pipitzoa' relacionado con la comida, se facilitaron la vida llamándole a todo lo comestible sencillamente pipirín. Y más aún, que pipiripao sea un convite espléndido, sobre todo si se prepara un sabroso pipián como magnífico pipirín. DE MI LIBRERO: COMO AGUA PARA CHOCOLATE Ante la remota posibilidad de que Laura Esquivel lea esta columna, me curo en salud y le ofrezco una disculpa por no recomendar su novela clasificada de rosa; pero sí que se vea la película basada en su obra y dirigida por Alfonso Arau, quien antes había sido su esposo. Pero, que conste, no la recomiendo porque la considere un dechado de virtudes cinematográficas, sino porque el argumento tiene como hilo conductor un pipirín de pipiripao. Tita, la protagonista, hierve en rabia (“como agua para chocolate”) porque su destino está marcado, ya que no se puede casar mientras viva su mamá, quien goza de cabal salud y energía draconiana (muy severa). Tita es la menor de las hijas y tiene que acatar esa añeja, inflexible e inhumana tradición de quedarse para vestir santos. El momento culminante de la cinta es la comilona de codornices con pétalos de rosa que prepara Tita. Receta que aviva la libido (apetito sexual) de los comensales, desatando pasiones lujuriosas e irrefrenables. Véala, sin ponerse demasiado exigente y avituallado con su respectivo pipirín. El autor es profesor de Redacción Creativa en Cetys Universidad.

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