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Columnas Melindroso

Palabra por palabra

Por Miguel Ángel Lino

La primera vez que rechacé un plato de hígado encebollado en mi vida, surgió un personaje que yo no sabía que habitaba en mí. Mi madre me lo reveló: “Ahora resulta que también eres un melindroso”. Ese otro yo era totalmente inesperado porque –hasta ese momento– había sido un comelón de todo lo que me pusieran enfrente. Muchos años después supe que mi aversión hacia las vísceras era sólo una manía. Porque ignorándolo comí hígado encebollado y me encantó. Me zafé de ese melindre y me apropié del adjetivo hígado para calificar al que por sangrón me cae muy mal. Y, a propósito de lengua de la que claro que me como un plato, sobre todo si es al vino tinto y cocinada a fuego lento en cazuela de barro, con cebolla y tomatillo picado, sazonada con pimentón y pizcas de comino, pimienta negra y sal, … ¡Ay, perdón! Pensé que estaba en Master Chef. Vuelvo a los melindrosos que abundan y se manifiestan incómodos y hasta molestos ante palabras, gestos y acciones que les afectan en su forma de ser excesivamente delicada y escrupulosa. LA PALABRA DE HOY: MELINDROSO Voy a empezar por el postre: El melindre es un dulce horneado típicamente gallego de harina de trigo, yemas de huevo, manteca cocida y almíbar. Son unas delicadas rosquillas glaseadas para chuparse los dedos. De melindre surge el adjetivo melindroso que es aquel que tiene una conducta muy delicada, sea real o fingida, y que principalmente se manifiesta ante alimentos que sin probarlos rechaza porque asegura que no le gustan. Ya en el menú de las etimologías, de la raíz indoeuropea 'melit' surgen las palabras en latín 'mel' / 'mellis' que traducidas al español se refieren a la miel. Así, mellitûlus significa “dulce y suave como la miel”. Ahora bien, en México, el adjetivo melindroso además de referirse al que es delicado y de temperamento quebradizo, también se utiliza para el consentido, mimado, quejumbroso, quisquilloso, desconfiado y suspicaz. De mi librero: 'En busca del tiempo perdido' Monumental obra de Marcel Proust que escribió a lo largo de 14 años (de 1908 a 1922) y que se publicó en otros 14 (1913-1927), considerada obra maestra de la literatura francesa y, sin exagerar, universal. Aclaro que es no sólo abundante sino también de difícil lectura. Por lo menos, lo fue para mí, ya que me tomó un par de años leer sus siete partes, que son: Por el camino de Swann, A la sombra de las muchachas en flor, El mundo de Guermantes, Sodoma y Gomorra, La prisionera y La fugitiva. Obra que recordé viendo el sábado pasado La Dichosa Palabra en el Canal 22 y que me resultó providencial. Porque la trama está conformada con rasgos autobiográficos del autor y abundante y desbordada ficción para describir sucesos memorísticos, sobre todo de las figuras femeninas que influyeron sobremanera en la vida de Proust. Un rasgo significativo es que el personaje principal (el propio Proust) como hilo conductor de la trama que es hipocondriaco, mundano y, a la vez, melindroso. El autor es profesor de Redacción Creativa en Cetys Universidad.

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