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Columnas MIRADOR

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John Dee dedicó toda su vida a buscar la piedra filosofal, misteriosa sustancia a cuyo toque las cosas se convertían en oro. Día y noche buscaba. Nada había para él aparte de aquella búsqueda. El mundo no existía, ni la mujer, ni la naturaleza. Nada. Sólo la piedra filosofal era su razón -o su sinrazón- de ser. Un día, finalmente, Dee encontró la piedra filosofal. Con ella tocó un libro y el libro se convirtió en lingote de oro. Tocó una flor y la flor se volvió objeto de oro. Eso asustó a John Dee. Pensó que el libro valía más como libro que como lingote, y que la flor valía más como flor que como objeto dorado. Entonces Dee fue a la más espesa espesura del bosque, cavó un profundo pozo y en él enterró la piedra filosofal. Ahora nadie sabe dónde está. Y él no lo recuerda. John Dee piensa en su hallazgo -a nadie nunca lo comunicó- y dice para sí: -Salvé al mundo. Y me salvé yo. ¡Hasta mañana!...

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