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Columnas MIRADOR

Mirador

Por Armando Fuentes Aguirre

¿Recuerdas, Terry, amado perro mío, la vez que pasamos junto al estanque y te arrojaste a él? Eras un cachorrillo de unas cuantas semanas de nacido. Nos angustiamos; pensamos que te ibas a ahogar. Pero nadaste, Terry, nadaste alegre y jubiloso, como si no hubieras hecho en tu corta vida otra cosa más que nadar. Y es que eras un cocker spaniel. A los de tu raza se les llamaba "perros de aguas". Estaban hechos a cobrar las piezas -patos, gansos- que caían en medio del lago o la laguna heridas por las balas de los cazadores. Algún oscuro instinto surgió en ti, y fuiste al agua igual que iban tus antepasados. Ni tú ni yo fuimos cazadores, Terry. Lo nuestro fue la vida, no la muerte. A nadie juzgamos, sin embargo. Allá cada quien con sus muertes y su vida. Pero tanto tú como yo llevamos en nosotros atávicos instintos que nos mueven. A ti te hacían a arrojarte al agua. A mí me llevan a hacer cosas que no tienen la claridad del agua. Posees la inocencia animal, Terry. En mí va la oscuridad humana. Que el recuerdo de tu bondad de perro me salve de mis maldades de hombre. ¡Hasta mañana!...

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