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Columnas MIRADOR

Mirador

Ninguna arquitectura humana iguala a la perfecta arquitectura de un huevo de gallina. Sobre la mesa de la cocina del Potrero hay un cestillo con los huevos que doña Flor nos regaló. Son huevos de rancho, o sea de gallinas libres que comen lo que Dios les da a comer. Son grandes, y su yema tiene el color que tiene el Sol. No sólo son sustancia pura: son también pura sustancia. Te comes uno y sientes que te has comido el mundo; te comes dos y sientes que el mundo te ha comido a ti. Si anduviera por aquí el señor don Diego –Velázquez, digo– haría un bello cuadro con los huevos de este canastillo. Él sabía pintar la grandeza que hay en lo pequeño y la pequeñez que hay en los grandes. Pintaría estos huevos con tanta perfección que si por descuido se dejara el cuadro en un lugar caliente, al cabo de los días se quebrarían sus cascarones y nacerían los polluelos. Mañana me almorzaré uno de estos huevos –quizá dos– y saldré luego a la mañana a ver la vida. Ella me mirará y me preguntará, curiosa: "¿Qué fue lo que almorzaste, que te ves tan bien?". ¡Hasta mañana!...

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