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Columnas MIRADOR

Mirador

Sé de un actor que antes de entrar en escena sentía siempre temblores en las piernas, le sudaban las manos y se le aceleraban los latidos del corazón. Sé de un pintor que nunca estaba seguro de la calidad de su trabajo. Cuando terminaba un cuadro preguntaba con ansiedad al que tuviera cerca si la pintura era buena; qué le parecía, qué fallas le encontraba. Sé de una mujer que dudaba de su belleza: se sentía desmañada, poco interesante, incapaz de atraer a los demás. El actor se llamaba Laurence Olivier. El nombre del pintor era Picasso. La mujer insegura era Kim Novak. Si personas como ésas dudaban de sí mismas, ¿por qué habrán de preocuparnos los sentimientos de inseguridad que a veces nos afligen? Malo sería dejarnos dominar por ellos y abatirnos, en vez de usar esa ansiedad –como el arco usa la tensión– para lanzarnos a la acción con mayor ímpetu. Todos tenemos derecho a dudar de nosotros mismos alguna vez. Nadie tiene derecho a convertirse en una eterna duda. ¡Hasta mañana!

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