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Columnas MIRADOR

Mirador

Dicen que se aparece por la noche en el jardín de la casa del Potrero. Yo no lo he visto nunca. Es el espectro de don Aristeo Larra, aquel señor que a mediados del siglo diecinueve vino como enviado del jefe político de la región. Se enamoró de Concha de la Peña, hija mayor del hacendado, y la pidió en matrimonio. El padre le concedió la mano de la joven, pues era rico el pretendiente y tenía buenas conexiones políticas tanto en Coahuila como en Nuevo León. Pero Concha había dado palabra de esposa al novio con quien tenía secretas relaciones. Escapó con él, y nadie volvió a saber nada de los enamorados. Aristeo Larra se suicidó colgándose de la rama de un nogal que ese mismo año se secó. En las noches de luna, dicen los lugareños, su fantasma vaga por el jardín, y repite una y otra vez el nombre de la mujer por quien se quitó la vida. Yo nunca lo he visto. He mirado, sí, el retrato de Concha de la Peña. Dicen que en esa imagen ella sonreía, pero cuando sucedió lo de la muerte de Aristeo dejó de sonreír. ¡Hasta mañana!...

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