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Columnas MIRADOR

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Tekakwitha se llamaba. Su nombre significa "la ordenadora". Ordenadora no en el sentido de ordenar o mandar, sino de poner las cosas en orden. Pertenecía a la tribu de los mohawk. Eran los tiempos de la evangelización por los jesuitas de los territorios indios del norte de Estados Unidos y sur del Canadá. Con la Palabra les llegó a los aborígenes la viruela. A los cuatro años Tekakwitha fue víctima del mal, y quedó con el rostro marcado para siempre. Convertida al cristianismo, se volvió ángel guardián para los niños. "Son mis hijos", decía; ella, que había hecho voto de virginidad perpetua. Los cuidaba con celo maternal; jugaba con ellos; les decía que la naturaleza -los bosques, los lagos, las montañas- eran en la tierra el reflejo del Dios que está en el cielo. El Miércoles Santo de 1680 murió Tekakwitha. En el momento de su muerte su rostro quedó limpio de cicatrices, según testimonios de la época. Tres siglos después el Papa Juan Pablo Segundo la beatificó. El viajero ha estado en el santuario de Auriesville, en Nueva York, donde la memoria de la doncella india es venerada. ¡Hasta mañana!...

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